Printfriendly

viernes, 14 de abril de 2017

Gusto desarrollado y exclusión natural


Desarrollar un gusto implica volvernos protagonistas de una pasión, esto es, superar en mucho el papel de espectador -por más intenso, emotivo y trascendente que este pareciera en un principio-. Marcaba un filósofo, que a la hora del conocimiento por vía experimental caminar 20 minutos por París vale más que todo un conjunto de fotografías de esa ciudad. Pues fíjate qué grande es la diferencia entre deleitarse escuchando el Ave María de Schubert y hacer un ejercicio de escalas con un instrumento, cuánta distancia hay entre mirar un partido del Barça y practicar en un equipo que compite en un torneo.

Aquello que te apasiona, lo sabes ya, tiene sus reglas, pero, una cosa es conocerlas desde afuera, y otra cosa es experimentarlas. Por ejemplo, tienes ese poompse que debe llevar un crono de 1:05, pero tú siempre lo terminas por arriba de 1:10. Construiste un verso que está precioso, pero que, en lugar de 11 sílabas, como marca la regla, tiene 12. Están esos dos compases incluyendo semicorcheas con si la y do, para trompeta, que así tal cual, decididamente quieren convencerte de que no se pueden tocar. Te pregunto, ¿con quién hablarías de estas cosas? Ajá, con alguien que entienda.

Es evidente que mientras más te involucras con el desarrollo de un gusto, más conocimiento adquieres. Cuando este conocimiento lo internalizas poniendo en práctica las diferentes directrices, reglas y consejos teóricos, no solamente avanzas, sino que acentúas la diferencia que hay entre tú y un aficionado común. Claro, es que llega un punto en el que puedes determinar el grado de dificultad de ciertas composiciones, el nivel de ejecución de ciertas rutinas, en fin, que puedes opinar con autoridad respecto de aquello que conoces desde lo teórico y lo práctico. Pero, esta situación, como no es lo habitual, suele implicar rechazo.

Verás, en lo normal, cualquiera -sin haber jugado nunca un torneo de liga- sale y dice que Messi es mejor que Ronaldo, o viceversa; no falta quien -sin haber escrito un solo cuento en su vida- afirme que el último premio nobel de literatura es un fiasco; ni tampoco faltará el que -sin haber compuesto al menos una sinfonía- defienda que Schubert supera a Beethoven. La gente ordinaria está habituada a hablar, opinar, e incluso juzgar, sin conocimiento, esperando, para más colmo, que se la tome en serio. Es esta gente la que rechaza a un experto, si este le contradice.

Hasta aquí, resulta sencillo de comprender que los ya iniciados en tal o cual materia habrán de sentirse más cómodos hablando con sus colegas, y que los no iniciados en esa tal o cual materia, se sentirán más cómodos hablando -sin saber- de esa materia entre otros que tampoco saben de ella, es decir, opera una exclusión natural entre los que saben y los que no saben; al menos, a la hora de opinar. En este panorama, no suele faltar el resentido que con un “no te creas mejor porque sabes más” intenta ocultar la cuestión de fondo: la de gustos.

Entradas relacionadas:
Gusto desarrollado y humildad
Tiempo y gusto desarrollado - Parte 1
Tiempo y gusto desarrollado - Parte 2