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sábado, 1 de abril de 2017

Duelos

De la lucha crucial entre lo que uno es y lo que pretende llegar a ser, de la distancia entre lo que está y lo que es preciso construir.

Del agobio de la dependencia frente a la posibilidad de la libertad, del íntimo sabor de la tristeza y de la fuerza de los actos, de la renuncia como precio y del esfuerzo como camino.

Desde el bullicioso tormento de estar en donde no se debió llegar jamás, hasta esa atalaya inaccesible desde donde sólo miran los solitarios. Con las manos curtidas de calle y almacén, y con los ojos fatigados de buscar en la penumbra del monasterio. Sobrellevando al anciano que sopesa el río, y a la mujer que en un banco canturrea meciéndose con la mirada extraviada.

Desestimando con fría crueldad la incompletez y desnudando sin prejuicios la propia mediocridad, señalando la belleza ahí donde parecía no existir, rescatando de algún fracaso la enorme victoria de haberlo intentado, exponiendo la vida, porque vitalidad es el modo, jugando vanidosamente con difíciles estructuras, admitiendo el orgullo de poder aprender de todos, arriesgando en cada verso la posibilidad del próximo y la validez del anterior.

Buscando el límite de la emoción y la razón, a puertas cerradas, al borde del abismo por pretender un poco de cielo, en lo más hondo de las galerías de un castillo, en el beso brutal con el que el agua le impide la réplica al acantilado, en ese saludo obligado, y en la sonrisa que nace en la noche antes de la batalla.

Así las historias, de cuando el fondo y la forma parecen contrapuestos, así el tiempo cuando quiere ser algo más que horas y un almanaque, así la piel cuando siente que puede llegar a ser mensaje, y así el puente que cada libro es, y que sin saber a dónde conduce, cada cual se atreve o no a cruzar.

Aquí tienes uno, ¿te animas?