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sábado, 1 de abril de 2017

Diario


"Escribir lo que uno se propone escribir es ya desnudar de posibilidades a la empresa desde su principio mismo. Al contrario de lo que pudiera hallarse en la historia, el acometer una guerra plástica llena de finalidades y cronogramas sólo tiene sentido en la medida de la sucesión de traiciones."

Con estas palabras, Silvio Manuel Rodríguez Carrillo comienza su libro. Analizándolas, un lector entusiasta se allega con rapidez a la intensidad temática que encontrará ya avanzado en la lectura.

El sino del autor está determinado por la llave que facilita a su lector para implicarse en la trama de sus búsquedas y anoticiarlo fehacientemente de su complejidad. O sea que el lector toca una llave que inmediatamente se le extravía sin entender ni el cómo ni el porqué; ni siquiera llega a comprender el momento en que el autor vuelve a tomar posesión de su libro y el lector queda afuera de él, sin ser contabilizado.

Así de angustiante y desafiante es tratar de penetrar los ocultos arcanos de esta obra.

Los libros que están hechos con símbolos, en un mundo en que los símbolos ya no representan un símbolo, excluyen a la mayoría de los hombres, porque para entender ciertos libros hay que conocer los semas de la vida o al menos, lo que se ha opinado desde el mithos y desde el logos, acerca de esos semas.

Dificultosamente se comprenda una arquitectura narrativa y poética que reúne la vastedad de los símbolos (místicos y míticos) e intenta ordenarlos en una confrontación de preguntas contra respuestas y de respuestas contra preguntas si no es poniendo la propia visión filosófica en juego, ya que Diario es un libro eminentemente confrontativo.

Si el lector logra abstraerse de la controversia constante, de la no existencia de un punto medio referencial que combate al mismo tiempo con la coexistencia de infinitos puntos excéntricos que sirven de referencia, podrá apreciar en Diario la multiplicidad de sus variables, la proyección poética que tiene toda necesidad de expresión explosiva, el raciocinio abstracto de los números, la sabiduría de lo empírico, la empatía y la antipatía que surgen del análisis de una imponderable variedad de circunstancias entre las que el libro flota y se remece como el Arca en el Diluvio.

Creo que es una obra para que sólo un lector preparado en la lid de la complejidad navegue a fuerza de sortear Escilas y Caribdis, porque, convengamos, pocos son los dispuestos a soportar esputos en el rostro y seguir adelante hasta el final para entender o para empatizar con lo agresivo de la verdad de otro.

Diario no es un libro convencional. Es un desafío. 

Gavrí Akhenazi