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sábado, 15 de abril de 2017

40. El fusca


Le había dicho al viejo que para poder tener un auto lo que podíamos hacer era organizar una rifa. El tipo le bajó una de esas carcajadas suyas y no me dio más pelota. No entendí qué le había causado tanta gracia, aunque tampoco entendía bien cuál era mi idea, pero en ese momento yo creí haber encontrado una solución y no haber inventado un chiste. No sé para qué, pero yo quería que tengamos auto, esto es muy exacto, yo ni me imaginaba para qué subirme a un auto, aunque tenía mis coche con los que jugaba muy a menudo.

Sin embargo, pasado un tiempo, el viejo apareció con un auto. Estábamos jugando en el zaguán, con Sarah y Maggy, cuando de repente sonaron unos bocinazos y fue la Maggy la que levantó la vista y dijo “es papá”. Salimos atropellando y ahí, en la calle, estacionado frente a casa y con el motor en marcha estaba el viejo, sonriendo. Era un fusca, de color amarillo patito, al que nos montamos como monos desenfrenados. Dimos la vuelta inaugural, y ya antes de partir fue la primera pelea con Sarah por quién se sentaba de qué lado en el asiento de atrás.

El viejo era expeditivo para ese tipo de conflictos, y así como la vez de “el caballito me mira a mí”, sentenció que yo iría detrás de él y Sarah detrás de Maggy, punto. Yo creo que salí ganando, una de las pocas veces, porque quería ir detrás del conductor, cosa a la que yo le atribuí mucha importancia, porque de movida pensé que ir detrás del acompañante era como de menos jerarquía. Aunque salió perdidosa, la Sarah no hizo escena alguna, ni mu, pero después me hizo pagar, y creo que por ahí comencé a entender el poder del alacrán.

Con la llegada del fusca las cosas cambiaron para mejor, definitivamente. Ahora que teníamos auto salíamos más, mucho, muchísimo más. El viejo nos llevaba a Sarah y a mí a los ensayos de la sinfónica, y Magy al canal 9, de manera que lo que antes era ocasional, ahora era casi rutinario y, como los espacios laborales tanto del viejo como de la Maggy eran extensos y variados, para nosotros significó la oportunidad de explorar casi todos los días territorios enormes y sin vigilancia. Le quise al fusca porque era un símbolo de salir de los límites del patio al afuera.

La parte en donde perdí y Sarah ganó por tres cuerpos fue en lo de irnos a la escuela en el auto. Y sí, porque ella prefería el auto a caminar, en tanto que yo disfrutaba de las caminatas. Pese a aquel terrible primer día de clases, aprendí a disfrutarle al camino tanto de ida como de vuelta, y el ir en auto me privaba de recoger cosas del suelo, de acariciar perros, como de ver desde cuadras de distancia el movimiento en la entrada de la escuela, que tenía su gracia. Donde sí ganamos los dos fue con el "gallinero".