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sábado, 8 de abril de 2017

39. La fama del viejo


En ese entonces había algunos restaurantes que entraban en la categoría de “caros” y que contaban con el famoso “cena show”. A mí, como restaurantes, no me llamaban la atención para nada, y si deduje que eran caros fue simplemente porque la gente llegaba ahí en auto, y nosotros no teníamos auto. Todos tenían escenario, algunos incluso una parte alfombrada donde se bailaba, y lo que sí me llamaba la atención era la cantidad de mozos que andaban correteando, ah, y los presentadores que siempre, siempre, eran muy formidables y divertidos. Era normal que me bromeen y me regalen alguna golosina.

Estaba el “Yguazú”, que era como que oscuro, jugando a íntimo, y todo iba de copas. El “Hermitage”, que te recibía con una escalinata, y que tenía dos ambientes, uno al aire libre y otro cerrado, y era bien alegre. “El bosque”, que quedaba lejísimos, y que era el más festivo de todos, porque la honda era más de parrilla. También el “Restaurant 11”, que era el menos estirado de todos, y el que más me golpeaba, porque en el estacionamiento estaban los veteranos de la guerra cuidando los coches. También el “Yasy”, y el “Jacarandá”, donde cobraban hasta el agua.

El show consistía, básicamente, por un lado en danzas folclóricas y canciones típicas, sobre todo guaranias y de repente alguna polca, y por otro, en algo de pop y rock (sí, fijate vos) de nacionales, mayormente todo propio y cantado en español, claro. Por entre ambos estilos, se metía una cosa medio rara, un trío compuesto por dos violines y un teclado, con temas variados, semi clásicos y clásicos adaptados. Una chica, rubia, con uno de los violines, y un chico con otro de los violines, y el que ya tiraba a señor en los teclados. El chico era mi viejo.

“Los violines gitanos” se llamaba el trío, y era famoso. Entraban vestidos de gitanos, o nosotros creíamos que así se vestían los gitanos, claro, y el público de movida ya entraba en combustión. Qué te puedo decir, con la tarantela ya estaban cruzados. Tema tras tema la gente seguía el ritmo con pies y manos. A un lado del escenario, “tras bambalinas”, yo lo seguía todo, sus caras de emoción, de entusiasmo. Casi era contagiante, casi, porque el repertorio yo lo sabía de memoria, incluso si había un tema nuevo, porque también había estado en los ensayos -aunque eran muy pocos-.

Así que igual que con la Maggy, “¿tu viejo no es el de los violines gitanos?”. Y yo, “sí”, emputado al mango. Pero, había algo diferente, un detalle chiquito, si querés, los que me preguntaban por el viejo eran “los grandes”, en tanto que los que me preguntaban por Maggy eran mis contemporáneos. A mí me emputaba igual, cierto, pero había esa diferencia. Aparte, y atendeme bien, jamás le vi al viejo tocar contento, nunca. En cambio a Maggy solo la vi alegre en sus programas. Había algo que me llegaba desde esas posturas y que me volcaba hacia el viejo.