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sábado, 1 de abril de 2017

217 Consecuencias de las tierras altas

Silvio Manuel Rodríguez Carrillo, la espontaneidad del caos o lo “escandalosamente fractal”.

Cita comprensiva:

Poema 166

Ese tener que

Yo suelo llegar tarde al amor
a la mesa bien puesta y al beso de los buenos días,
me atraso en pensar en el otro,
que, si no lo conociese
¿acaso le dolería lo que digo?

Me encierro en mi cubo, según dicen,
manipulo y me divierto, según afirman,
pero nadie entra aquí
en la verdadera cámara de la verdad,
donde los resortes saltan por joder
y te aparece un anciano senil
junto al borracho más genial de todos los tiempos.


Rodríguez Carrillo es “el poeta en su laberinto” y su laberinto nos muestra en este libro de 217 conjeturas, toda la certeza y toda la incertidumbre de sus paredes.

Silvio no es un poeta monótono sino un saltimbanqui de la emocionalidad que nos arrastra en sus propias piruetas y nos arroja a sus propios vacíos, para atajarnos con su extraña red de certezas y dudas, como si lo divirtiera jugar consigo mismo y hacer al ocasional lector, partícipe de ese juego.

Pero no lo previene. No ayuda a quién lo lee a comprender sus letras, sino que propone y propone, con una especie de tiranía emocional que juega en todos los puestos y en todos los roles una intensidad poco habitual, extremista, desordenada, que navega libre por todas las aguas como si siempre estuviera al garete entre Escila y Caribdis, a punto de ser devorado o a punto de devorarse él a las sirenas.

Este largo poemario es, según mi lectura, un diario íntimo escrito desde una multiplicidad de equivalencias. Es un estudio íntimo de las fuentes del ser y refleja cómo un ser reacciona e interacciona con todo lo que lo rodea. Es un mapa de la ductilidad expositiva del autor. Ductilidad expositiva que se transforma en impositiva, reclamante, tiránica, sobre un lector desprevenido que se zambulle en un mar que lo devora.

Rodríguez Carrillo pasa del desorden a la perfección, desde el ensayo pontifical al llanto de quien se confiesa con el rostro cubierto por las manos, desde el insulto a la caricia, desde el amor al desprecio, en un extraordinario eslabonamiento emocional que se apoya en todos los sustratos. Pasa con una pirueta desde lo rígidamente formal a lo fanáticamente libertario y se explaya y se explica y se encierra y se acorrala, desde la lucidez al cripticismo, en una sucesión de imágenes que ya pueden estar diseñadas en un coloquial exasperante o abofetear los ojos del lector con una fuerza clásica insospechada.

El que piense que va a hallar en este autor paraguayo un poeta fácil, tendrá que comprarse una caja de ansiolíticos, porque su poemario es una selva subtropical, feroz, intensa, arrebatada, asfixiante y alucinógena. Este poemario es una selva exultante en su condición de prodigalidad.

Sorprende en el autor la diversidad de sus enfoques y su inagotable vastedad temática ya que existe en este poemario una emoción para cada palabra y una palabra para cada aventura, porque sumergirse en el mundo de Silvio es para verdaderos aventureros literarios, que no busquen una lectura acotada por lo convencional o por lo maratónicamente vanguardista que aspira a descollar a partir de cualquier hecho letrálico.

En Silvio se conjuga el amplio concepto filosófico con el empedrado de los barrios y subyace la lucha por la reconquista del germen divino que todo hombre posee o la aceptación del barro más pequeño. Por momentos un sabio que regresa desde el comienzo de todos los tiempos y por momentos, el mismo autor es un niño que todo lo pregunta porque se hace cargo de su inocente ignorancia.

Más allá de lo que opinen los cultores de la bella palabra, yo creo que si un autor no explora los límites de sus propios límites, nunca será un autor completo, porque el arte es la exploración hasta el desnudo de lo que más oculto, vibra y vibra.

Silvio Manuel Rodríguez Carrillo hace, en sus "217 consecuencias de las tierras altas", precisamente eso: hundirse en su sí mismo y volver hacia el lector las manos, trayendo ese hombre interior que testifica todas sus realidades, para que el resto, aquellos que leemos en su hondura, nos identifiquemos con la vida.

Gavrí Akhenazi