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sábado, 25 de marzo de 2017

El escapismo de la música II


No, no es soplar y hacer botellas, pero tampoco es difícil, tiene nomás su puntito. La boquilla tiene su lado, y en dependiendo de cómo la colocás, aunque no creás, hay variación de potencia en la emisión del sonido y, por tanto, de la nota. Ahora, la ventaja es que “la nota está”, es decir, si colocás los dedos en el lugar correcto no podés errar. Desde ahí, claro, el problema fue qué notas sacar y en qué momento, esto es, cuándo el do, cuándo el mi, cuándo el sol, y por cuánto tiempo. O sea, tocar música y no ruido.

Para el menester este de tocar música es que se desarrolló la herramienta del pentagrama, había sido. Y como yo no tenía mucha paciencia (o quizás cerebro) como para aprenderme a leer el pentagrama, Sarah, dando muestras de sus dotes pedagógicas, sale y me escribe las notas de una canción: do do re mi do re re sol – mi mi fa sol mi fa sol la -, y luego toca eso. Me pasa la flauta y hace que lo intente. A la primera me salió todo mal, pero ahí por la tercera la cacé. Apenas me lo creía, ¡estaba balbuceando música!

Luego me enseñó esa música de Kung Fu, un canon, y una para dormir, de Beethoven. Por primera vez había dejado aparte las esferas, y ni me pesó. Me apliqué con todo, y como la Sarah, de un oído finísimo, no me permitía un solo yerro, después de unas decenas de “pará, bobaso, de nuevo”, terminé dominando esas tres canciones. Con las esferas, en ese momento todavía no me había pasado, pero con la flauta viví la sensación de volver posible lo que antes entraba en el rango de "no se puede", y con sólo ponerle ganas, autenticas ganas, por supuesto.

Así que voy junto a la profe Yehlí y le digo que quiero entrar en el coro. Dulce, maternal, con el espíritu docente brotándole de los poros, y sobre todo expeditiva, me dijo “pero vos no sabés cantar”. Colón, como decía tía Kej, pensé por dentro, y le dije que quería probar con la flauta, que Sarah me había enseñado unas canciones. Cuando me dijo que "bueno, a ver, te escucho”, ahí recién el cagazo, los nervios y demás. Pero nada, atropellé y le metí una canción tras otra, palpitando fuerte ahí en los pasajes que provocaron los “pará, de nuevo”.

Una semana después, durante el ensayo en el que estaba estrenando mi propia flauta, Yehlí comenzó a putear a medio mundo porque no salía la cosa, y de repente agrega “no son como Smarc que en tres días se domina cualquier cosa”. Yo busqué directamente los ojos de Sarah, que me estaba mirando con esa sonrisa suya, hinchada como un globo y yo, rojo como un tomate, y para variar, mudo. Mucha cosa la música, yo sin saber cantar y, sin embargo, pudiendo salir del aula en horas de clase. Al parecer, algo más se escondía detrás de todos esos sonidos.