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sábado, 28 de enero de 2017

28. Navidad 1 (el pesebre)


La navidad era otra variable. La cosa comenzaba cuando Magy disponía en el suelo láminas de papel madera, tarros de pintura, unos pinceles gruesos, de esos que usaba cuando pintaba puertas, y el paquete de yerba mate. Sarah y yo al lado, Sarah colaborando y yo mirando, que para las manualidades siempre fui un negado de raza. Era desplegar el papel madera y pasarle una capa de pintura y luego otra, no tan parejamente, sino de tal modo de ir dándole relieve, luego, con la pintura todavía húmeda, se le echaba la yerba mate, pero solo el polvo, no los palos.

Una vez listas las láminas, que por efecto de la pintura y la yerba mate adquirían una tonalidad que implicaban el verde, el marrón, el bordó, y una mezcla de tonos que no sabría definir, se ponían a secar al sol. Entonces era el momento de sacar los adornos y las figuras que se guardaban envueltas en papel diario dentro de cajas. Eso lo podía hacer, desenvolver y poner en orden las ovejas, los camellos, vacas y demás, como también pasarles trapo para que les salga el olor a encierro que tenían. Los personajes humanos los dejaba a manos más hábiles.

Magy y Henrrieta pasaban a discutir entonces si dónde se iba a armar el pesebre. La verdad es que no había muchas opciones, era adentro o afuera. Adentro era en un hall, en una galería que era la continuación del zaguán de entrada, y afuera, era en un patio lateral, al costado del hall, ahí donde, cuando el viejo nos castigaba, Sarah y yo nos arrodillábamos mirando a la pared. Decidido el lugar, Magy se tomaba algo de tiempo, como para medir “tablas y medidas”, e iba a por las láminas, que con el sol de diciembre se secaban bien rápido.

Ahí ocurría lo mágico. Primero, Magy colocaba unos ladrillos, y/o algunas piedras en el sitio elegido; luego comenzaba a arrugar las láminas, a primera vista arbitrariamente, como si intentase abollar la hoja de un cuaderno, pero, si te fijabas bien, veías que cada lámina la arrugaba sólo en una parte, y de una manera determinada. Al final, las láminas encajaban entre ellas conformando un cerro que era sostenido por los ladrillos en su interior, y sujetado por las piedras en su exterior. El cerro, ya te imaginarás, tenía los tonos de uno real. Sólo quedaba recrearlo con las figuras de barro.

La ubicación de los pastores, la de José o la de María, como que no tenía discusión, sus poses mismas eran limitativas, así que ahí no había chiste. Para con el resto de las figuras, Magy nos dejaba dirigir a Sarah y a mí. “Que no ves que está acostada, por eso queda mejor aquí”. “Fijate que está como trepando, por eso va mejor ahí”. El momento final y cumbre era cuando Henrrieta (solo ella podía hacerlo) colocaba al niño. Claro que no era un niño al uso, sino la foto, encuadrada, de un niño de barro. Para nosotros, nada llamativo.

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Fotografía de Gareth Harper.