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domingo, 22 de enero de 2017

27. La casa de tía Key



Una de las particularidades de la casa de tía Key eran sus muebles. Tenían un diseño digamos que básico, o rústico, pero una solidez que no se veía por ahí, de esos que te duran fácilmente un par de siglos, y más. El tío Niftí era quién los hacía en una especie de taller dispuesto al fondo del patio, en donde tenía todo ese montón de herramientas que, por supuesto, estaban restringidas al pueblo. Rous, la hija de Key y Niftí, y entonces mi prima, era la principal ganadora con todo eso porque tenía su cuarto decorado con muebles sobradamente exclusivos.

Otra singularidad era Loreto, al que todo el mundo (o sea, los adultos) llamaba Loretito, y al que yo particularmente no sabía bien cómo tratar. El tipo era alto, flaco, canoso, de igual o más edad que el tío Niftí, y no estaba bien de la azotea. Era manso, pero tampoco te dejaba joder, y ahí estaba el tema, porque a pesar de estar rayado, y de que nadie le peloteaba, si jodías te bajaba una puteada. Así que a la hora de quilombear me fijaba si andaba cerca, porque el tío cantaba y, al final, era también como un adulto.

También estaba el tema de las chicas. Nunca supe el porqué, pero en casa de tía Key vivían unas pibas, jovencitas, a mis ojos guapas, y a mi sentir, amorosas, que se instalaban en un ala de la casa. Las chicas solían trajinar de aquí para allá con el tema de la cocina y la costura, actividades en las que siempre veía a tía Key, haciendo y dirigiendo. Me dejaban estar con ellas y, al parecer, se divertían bastante con mis ocurrencias, como aquella de que “las mujeres son células muertas” que les dije alguna vez, y que tanto se divulgó.

Ahora, lo realmente extraordinario era que había una terraza larga como la casa misma, que en lugar de tener tejado, tenía eso, la terraza, a la que subías por medio de una escalera un tanto estrafalaria, hecha de material, es decir, de ladrillo y cemento. Por supuesto, subir a esta plataforma excepcional estaba prohibido por orden expresa y directa de tía Key, que, como dije, no te permitía una sola macana. Supongo que tal prohibición venía por el hecho de que no era segura, dado que por entonces no tenía barandas, así que estaba el borde y ahí nomás el vacío.

Un domingo en el que nos juntamos todos en lo de tía Key, aprovechando el momento de la sobremesa, me abrí solo, sin Sarah, ni Jor-Elhs, ni Rous, y, callado, subí a la terraza. Parado en la cabecera que daba al jardín, vi que era más alto de lo que parecía desde el suelo y no me animé a saltar como tenía planeado. Así que me colgué de los brazos, como para soltarme después, pero ya colgado seguía estando alto y no tenía fuerzas como para volver a treparme porque no tenía en qué hacer pie. No quedó otra que gritar.