Printfriendly

sábado, 14 de enero de 2017

24. Días de campo 2 (las espinas)


Me había dado cuenta de que Vitorio y Francisco jamás tropezaban mientras andaban, y no sé, de repente me cayó el rayo celeste o simplemente por primera vez hice sinapsis, pero el caso es que concluí que eso se daba porque siempre andaban descalzos. Como para mí era fundamental el tema del agarre y de vencer aquella limitación de caerse todo el tiempo, va que me descalzo y pruebo la pista sin el Forward, minga, todo mal. Al segundo paso que di una espina, al tercero otra, y así. No pude caminar ni tres metros y frustrado volví nomás a calzarme.

Yo me figuré que todo eso era una mierda, que de algún modo tenía que haber un secreto, una trampa que yo no estaba pillando, algo había ahí a lo que yo no accedía, es decir, no podía ser que otros sí y yo no, no me cerraba. Así que se lo planteé a padrino el tema de por qué a Vitorio y demás las espinas no les clavaban y sin embargo a mí sí; simplemente me dijo: “si tenés miedo te van a clavar”. Fue una trompada, más o menos. Porque si bien estaba, recién ahí pude ver ese miedo.

No reaccioné al tiro, sino que lo dejé venir. Esperé a que en cierto momento cada cual estuviese en sus cosas y me senté al borde de la casa, solo, pensando qué tan cierto, qué tan probable sería aquello que dijo padrino. Asumí que era verdad, porque era verdad mi miedo y porque padrino nunca fallaba, de manera que traté de meterme en la cabeza la convicción de que las espinas no me iban a clavar. Me descalcé y estuve con los pies sobre el pasto durante un buen rato, mirando al frente, poniéndome como meta llegar descalzo hasta la alambrada.

Me paré. Me dije que si iba despacito iba a ser maricón y sería al pedo, que más valía caminar seguro hasta llegar, que era eso o nada. Y ahí fui. Dos pasos, tres, cuatro, nada. El corazón como un tambor, y vamos, el pasto una felpa, agarre puro y firme, ya me reía, ya no me lo podía creer y estaba a mitad de camino. Seguí avanzando con el tambor redoblando por dentro hasta que llegué a la alambrada, donde me apoyé sin mirar atrás. Estaba sudando. Giré, volví hasta la casa. De la casa volví hasta a la alambrada.

Repetí el circuito unas cuantas veces curvando la trayectoria, no vaya a ser que justo por donde andaba no hubiese espinas, luego probé el trote haciendo eses y finalmente me lancé a correr. ¡Mi Dios, era cierto! Completamente cierto, bastaba con perderles el miedo para que las espinas, estando ahí, dejasen de estar. Por un lado, ya te imaginarás el tremendo contento que sentí, por otro, comprenderás cómo la figura de padrino creció hasta la altura de las nubes, fácil. Sin embargo, lo curioso se dio cuando después, al pasar este dato a mis congéneres, no les funcionó como a mí.