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sábado, 29 de abril de 2017

42. El piano - 1


Cuando decidí dejar lo del violín resultó en un alivio tanto para el viejo como para mí. Sin embargo, el bichito ya había prendido y yo sentía que me faltaba algo. Así que hablando con el viejo me dijo que podía probar con el piano, y como le dije que dale, que vamos, se movió para conseguirme una profe. Una vieja de doscientos años que tenía cierta fama como pianista, al igual que su hermana, también bicentenaria, pero esta descollaba por la parte de la pintura. El viejo me dijo “va a enseñarte gratis, por amistad, así que no me fallés”.

La primera vez me llevó el viejo, fuimos caminando hasta la casa de la profe, que estaba a una veintena de cuadras, y en cuyo recorrido estaba la avenida quinta. Todas las veces siguientes fui y volví solo. Las clases eran dos veces por semana, y a la hora de la siesta, que es cuando el calorcito no tiene problemas en apretar más. Similar situación traslacional se dio con lo de practicar, puesto que como no teníamos piano, para hacerlo tenía que ir hasta la casa del tío Zardas, que vivía a unas quince cuadras, pero tirando más para el centro.

Me gustaba el tema de la independencia para ir y venir por distancias tan largas sin que nadie me esté haciendo cruzar las esquinas, y con toda esa libertad para pararme a mirar lo que me diese la gana. Aunque también es cierto que me hubiese gustado tener compañía, que es muy diferente caminar con alguien que caminar en solitario. Me parecía que sería más divertido todo aquello si tuviese algún compañero, o si por lo menos Sarah iba y venía conmigo. Pero no había tal compañero, y a Sarah no le interesaba el piano, y menos la onda de caminar.

Practicar era cosa de todos los días, con o sin sol, tenga o no tenga clases en lo de la profe. En la casa de tío Zardas el piano estaba en una sala enorme, y ahí yo le daba a las lecciones con un nivel de ganas a veces muy alto, otras mediocremente, pero le daba siempre, sobre todo porque rondaba por ahí la esposa del tío que, aunque no se metía ni decía nada, yo sentía como que controlaba, y sabía que de algún modo algún comentario le iba a llegar al viejo, así que mejor mantener al piano sonando.

Después de practicar una hora, la tía me preparaba la merienda, que era cocido con leche y una o dos rodajas de pan. Lo disfrutaba como novedad, porque en casa siempre era café con leche, y lo del cocido me entraba por el lado de la variación, y aparte que era bastante rico. Acabada la merienda, tomaba mis libros y me iba para casa, en donde podía de nuevo volver a conectar con el mundo de las esferas, si es que no tocaba clases con la profesora particular de turno. De aquello, lo mejor fue que las partituras perdieron su hermetismo.

sábado, 22 de abril de 2017

41. El violín

"Ese coso era el mismo infierno, te juro."
No quería parecerme al viejo, o hacer lo que él hacía, jamás, en ninguna parte de mi infancia me ocurrió eso. Así que cuando le dije que me enseñe a tocar el violín fue porque quería aprender a tocarlo, es decir, a sacar las músicas que sí, que el viejo era capaz de sacar. Yo estaba envalentonado por lo de la flauta y, secretamente, tímidamente, me guardaba las palabras de la profe de música,  me creía alguien con talento. Sabía que le iba a tener que dedicar tiempo, y que con el viejo no se jodía, pero era parte del territorio.

Con “Solfeo de los solfeos” me abollé de frente. Bueno, también a mí se me ocurre que el viejo me iba a dejar tocar el violín a la primera. Todo lo que Sarah me evitó se presentó de golpe, todo. Me tuve que aprender lo teórico de melodía, armonía, ritmo, y toda la grafía del pentagrama de memoria y razonadamente. Luego, solfear. Dios, el día que se repartió paciencia el viejo llegó a la tardecita y le tocó una ampolla, lo que quedó. Parte baja: “así solfean los maricones”, “no, así no, de nuevo”. Pero no me iba a hacer llorar.

Era intimidante, mucho. Agobiante, por demás. Pero yo ya le conocía el carácter, y sabía que no tenía nada contra mí, simplemente era así, más o menos como me había enseñado él mismo cuando me entrenó a asumir las lastimaduras de las esferas; la quieres, la pagas. O sea, quiero dejarte en claro que si seguí no fue por vencerle, o por demostrarle nada al viejo, nada que ver, ni por al lado, yo tenía mi objetivo y a eso iba, simple. Así que cuando por fin me dejó AGARRAR el arco y el violín fue un inigualable “te lo ganaste”.

La sensación de triunfo se acabó a los dos segundos, esa mierda no sonaba. Tan emputante fue la sensación, tan de frustración habrá sido mi cara, que por un minuto el viejo fue amable. Me importó un carajo. Ese coso era el mismo infierno, te juro. Pero no me iba a dejar ganar, que no. Le metí, me aguanté la rabia. El viejo cerró la puerta y me dejó haciendo arco. Yo me decía “sólo son cuatro tiempos, un arco, vamos, de nuevo”. Afuera había ruido, la gente hacía sus cosas, Sarah jugaba. Yo intentaba hacer una redonda y no salía.

Teníamos un reloj despertador, color celeste, con dos campanillas en la parte superior. El viejo lo colocaba sobre un mueble y me dejaba practicando con la frase terrible “una hora”. Todos los días durante una hora yo luchaba contra aquel reloj, intentando colocar el dedo donde debía ser y resultaba que no, tratando de relajar donde había que empujar, empujando donde había que relajar. En ese entonces jamás se lo conté a nadie. Supongo que de algún modo sabía que los resultados contaban más que los intentos, y yo me estaba yendo en puros intentos, que entonces no servían para nada.

sábado, 15 de abril de 2017

40. El fusca


Le había dicho al viejo que para poder tener un auto lo que podíamos hacer era organizar una rifa. El tipo le bajó una de esas carcajadas suyas y no me dio más pelota. No entendí qué le había causado tanta gracia, aunque tampoco entendía bien cuál era mi idea, pero en ese momento yo creí haber encontrado una solución y no haber inventado un chiste. No sé para qué, pero yo quería que tengamos auto, esto es muy exacto, yo ni me imaginaba para qué subirme a un auto, aunque tenía mis coche con los que jugaba muy a menudo.

Sin embargo, pasado un tiempo, el viejo apareció con un auto. Estábamos jugando en el zaguán, con Sarah y Maggy, cuando de repente sonaron unos bocinazos y fue la Maggy la que levantó la vista y dijo “es papá”. Salimos atropellando y ahí, en la calle, estacionado frente a casa y con el motor en marcha estaba el viejo, sonriendo. Era un fusca, de color amarillo patito, al que nos montamos como monos desenfrenados. Dimos la vuelta inaugural, y ya antes de partir fue la primera pelea con Sarah por quién se sentaba de qué lado en el asiento de atrás.

El viejo era expeditivo para ese tipo de conflictos, y así como la vez de “el caballito me mira a mí”, sentenció que yo iría detrás de él y Sarah detrás de Maggy, punto. Yo creo que salí ganando, una de las pocas veces, porque quería ir detrás del conductor, cosa a la que yo le atribuí mucha importancia, porque de movida pensé que ir detrás del acompañante era como de menos jerarquía. Aunque salió perdidosa, la Sarah no hizo escena alguna, ni mu, pero después me hizo pagar, y creo que por ahí comencé a entender el poder del alacrán.

Con la llegada del fusca las cosas cambiaron para mejor, definitivamente. Ahora que teníamos auto salíamos más, mucho, muchísimo más. El viejo nos llevaba a Sarah y a mí a los ensayos de la sinfónica, y Magy al canal 9, de manera que lo que antes era ocasional, ahora era casi rutinario y, como los espacios laborales tanto del viejo como de la Maggy eran extensos y variados, para nosotros significó la oportunidad de explorar casi todos los días territorios enormes y sin vigilancia. Le quise al fusca porque era un símbolo de salir de los límites del patio al afuera.

La parte en donde perdí y Sarah ganó por tres cuerpos fue en lo de irnos a la escuela en el auto. Y sí, porque ella prefería el auto a caminar, en tanto que yo disfrutaba de las caminatas. Pese a aquel terrible primer día de clases, aprendí a disfrutarle al camino tanto de ida como de vuelta, y el ir en auto me privaba de recoger cosas del suelo, de acariciar perros, como de ver desde cuadras de distancia el movimiento en la entrada de la escuela, que tenía su gracia. Donde sí ganamos los dos fue con el "gallinero".

viernes, 14 de abril de 2017

Gusto desarrollado y exclusión natural


Desarrollar un gusto implica volvernos protagonistas de una pasión, esto es, superar en mucho el papel de espectador -por más intenso, emotivo y trascendente que este pareciera en un principio-. Marcaba un filósofo, que a la hora del conocimiento por vía experimental caminar 20 minutos por París vale más que todo un conjunto de fotografías de esa ciudad. Pues fíjate qué grande es la diferencia entre deleitarse escuchando el Ave María de Schubert y hacer un ejercicio de escalas con un instrumento, cuánta distancia hay entre mirar un partido del Barça y practicar en un equipo que compite en un torneo.

Aquello que te apasiona, lo sabes ya, tiene sus reglas, pero, una cosa es conocerlas desde afuera, y otra cosa es experimentarlas. Por ejemplo, tienes ese poompse que debe llevar un crono de 1:05, pero tú siempre lo terminas por arriba de 1:10. Construiste un verso que está precioso, pero que, en lugar de 11 sílabas, como marca la regla, tiene 12. Están esos dos compases incluyendo semicorcheas con si la y do, para trompeta, que así tal cual, decididamente quieren convencerte de que no se pueden tocar. Te pregunto, ¿con quién hablarías de estas cosas? Ajá, con alguien que entienda.

Es evidente que mientras más te involucras con el desarrollo de un gusto, más conocimiento adquieres. Cuando este conocimiento lo internalizas poniendo en práctica las diferentes directrices, reglas y consejos teóricos, no solamente avanzas, sino que acentúas la diferencia que hay entre tú y un aficionado común. Claro, es que llega un punto en el que puedes determinar el grado de dificultad de ciertas composiciones, el nivel de ejecución de ciertas rutinas, en fin, que puedes opinar con autoridad respecto de aquello que conoces desde lo teórico y lo práctico. Pero, esta situación, como no es lo habitual, suele implicar rechazo.

Verás, en lo normal, cualquiera -sin haber jugado nunca un torneo de liga- sale y dice que Messi es mejor que Ronaldo, o viceversa; no falta quien -sin haber escrito un solo cuento en su vida- afirme que el último premio nobel de literatura es un fiasco; ni tampoco faltará el que -sin haber compuesto al menos una sinfonía- defienda que Schubert supera a Beethoven. La gente ordinaria está habituada a hablar, opinar, e incluso juzgar, sin conocimiento, esperando, para más colmo, que se la tome en serio. Es esta gente la que rechaza a un experto, si este le contradice.

Hasta aquí, resulta sencillo de comprender que los ya iniciados en tal o cual materia habrán de sentirse más cómodos hablando con sus colegas, y que los no iniciados en esa tal o cual materia, se sentirán más cómodos hablando -sin saber- de esa materia entre otros que tampoco saben de ella, es decir, opera una exclusión natural entre los que saben y los que no saben; al menos, a la hora de opinar. En este panorama, no suele faltar el resentido que con un “no te creas mejor porque sabes más” intenta ocultar la cuestión de fondo: la de gustos.

Entradas relacionadas:
Gusto desarrollado y humildad
Tiempo y gusto desarrollado - Parte 1
Tiempo y gusto desarrollado - Parte 2



lunes, 10 de abril de 2017

Aunque sea en silencio, en inquietud de hombre


Cuando por fin aceptes que en vencer no hay victoria
si el premio sólo sabe a amarga decepción,
¿repasarás mis pasos, la inhóspita canción
que sembró tu distancia por sobre nuestra historia?
Qué difícil, pesada, puede ser la memoria
si recuerda, y no tiene y no encuentra otra culpa
que la propia, sin nadie que la entienda o esculpa
-como lo hacía yo si decías mi nombre-,
aunque sea en silencio, en inquietud de hombre.
Cuán tarde a veces llega ese sabor a pulpa.

sábado, 8 de abril de 2017

39. La fama del viejo


En ese entonces había algunos restaurantes que entraban en la categoría de “caros” y que contaban con el famoso “cena show”. A mí, como restaurantes, no me llamaban la atención para nada, y si deduje que eran caros fue simplemente porque la gente llegaba ahí en auto, y nosotros no teníamos auto. Todos tenían escenario, algunos incluso una parte alfombrada donde se bailaba, y lo que sí me llamaba la atención era la cantidad de mozos que andaban correteando, ah, y los presentadores que siempre, siempre, eran muy formidables y divertidos. Era normal que me bromeen y me regalen alguna golosina.

Estaba el “Yguazú”, que era como que oscuro, jugando a íntimo, y todo iba de copas. El “Hermitage”, que te recibía con una escalinata, y que tenía dos ambientes, uno al aire libre y otro cerrado, y era bien alegre. “El bosque”, que quedaba lejísimos, y que era el más festivo de todos, porque la honda era más de parrilla. También el “Restaurant 11”, que era el menos estirado de todos, y el que más me golpeaba, porque en el estacionamiento estaban los veteranos de la guerra cuidando los coches. También el “Yasy”, y el “Jacarandá”, donde cobraban hasta el agua.

El show consistía, básicamente, por un lado en danzas folclóricas y canciones típicas, sobre todo guaranias y de repente alguna polca, y por otro, en algo de pop y rock (sí, fijate vos) de nacionales, mayormente todo propio y cantado en español, claro. Por entre ambos estilos, se metía una cosa medio rara, un trío compuesto por dos violines y un teclado, con temas variados, semi clásicos y clásicos adaptados. Una chica, rubia, con uno de los violines, y un chico con otro de los violines, y el que ya tiraba a señor en los teclados. El chico era mi viejo.

“Los violines gitanos” se llamaba el trío, y era famoso. Entraban vestidos de gitanos, o nosotros creíamos que así se vestían los gitanos, claro, y el público de movida ya entraba en combustión. Qué te puedo decir, con la tarantela ya estaban cruzados. Tema tras tema la gente seguía el ritmo con pies y manos. A un lado del escenario, “tras bambalinas”, yo lo seguía todo, sus caras de emoción, de entusiasmo. Casi era contagiante, casi, porque el repertorio yo lo sabía de memoria, incluso si había un tema nuevo, porque también había estado en los ensayos -aunque eran muy pocos-.

Así que igual que con la Maggy, “¿tu viejo no es el de los violines gitanos?”. Y yo, “sí”, emputado al mango. Pero, había algo diferente, un detalle chiquito, si querés, los que me preguntaban por el viejo eran “los grandes”, en tanto que los que me preguntaban por Maggy eran mis contemporáneos. A mí me emputaba igual, cierto, pero había esa diferencia. Aparte, y atendeme bien, jamás le vi al viejo tocar contento, nunca. En cambio a Maggy solo la vi alegre en sus programas. Había algo que me llegaba desde esas posturas y que me volcaba hacia el viejo.

sábado, 1 de abril de 2017

Tres meses

Hermoso y frágil te haré
amor de mi vida,
tan apto para los sentimientos
que habrás de sentirlo todo,
como roca escupida por un volcán
que gira sobre sí hasta el fondo del agua
cargando a su paso las huellas del instante.


Y pensarás, amor, y dudarás
hasta llegar a ser fuerte
y perder para saber ganar,
hasta odiar sentir
y juzgarte interminablemente,
tan solo
para que aprendas a desaprender.

217 Consecuencias de las tierras altas

Silvio Manuel Rodríguez Carrillo, la espontaneidad del caos o lo “escandalosamente fractal”.

Cita comprensiva:

Poema 166

Ese tener que

Yo suelo llegar tarde al amor
a la mesa bien puesta y al beso de los buenos días,
me atraso en pensar en el otro,
que, si no lo conociese
¿acaso le dolería lo que digo?

Me encierro en mi cubo, según dicen,
manipulo y me divierto, según afirman,
pero nadie entra aquí
en la verdadera cámara de la verdad,
donde los resortes saltan por joder
y te aparece un anciano senil
junto al borracho más genial de todos los tiempos.


Rodríguez Carrillo es “el poeta en su laberinto” y su laberinto nos muestra en este libro de 217 conjeturas, toda la certeza y toda la incertidumbre de sus paredes.

Silvio no es un poeta monótono sino un saltimbanqui de la emocionalidad que nos arrastra en sus propias piruetas y nos arroja a sus propios vacíos, para atajarnos con su extraña red de certezas y dudas, como si lo divirtiera jugar consigo mismo y hacer al ocasional lector, partícipe de ese juego.

Pero no lo previene. No ayuda a quién lo lee a comprender sus letras, sino que propone y propone, con una especie de tiranía emocional que juega en todos los puestos y en todos los roles una intensidad poco habitual, extremista, desordenada, que navega libre por todas las aguas como si siempre estuviera al garete entre Escila y Caribdis, a punto de ser devorado o a punto de devorarse él a las sirenas.

Este largo poemario es, según mi lectura, un diario íntimo escrito desde una multiplicidad de equivalencias. Es un estudio íntimo de las fuentes del ser y refleja cómo un ser reacciona e interacciona con todo lo que lo rodea. Es un mapa de la ductilidad expositiva del autor. Ductilidad expositiva que se transforma en impositiva, reclamante, tiránica, sobre un lector desprevenido que se zambulle en un mar que lo devora.

Rodríguez Carrillo pasa del desorden a la perfección, desde el ensayo pontifical al llanto de quien se confiesa con el rostro cubierto por las manos, desde el insulto a la caricia, desde el amor al desprecio, en un extraordinario eslabonamiento emocional que se apoya en todos los sustratos. Pasa con una pirueta desde lo rígidamente formal a lo fanáticamente libertario y se explaya y se explica y se encierra y se acorrala, desde la lucidez al cripticismo, en una sucesión de imágenes que ya pueden estar diseñadas en un coloquial exasperante o abofetear los ojos del lector con una fuerza clásica insospechada.

El que piense que va a hallar en este autor paraguayo un poeta fácil, tendrá que comprarse una caja de ansiolíticos, porque su poemario es una selva subtropical, feroz, intensa, arrebatada, asfixiante y alucinógena. Este poemario es una selva exultante en su condición de prodigalidad.

Sorprende en el autor la diversidad de sus enfoques y su inagotable vastedad temática ya que existe en este poemario una emoción para cada palabra y una palabra para cada aventura, porque sumergirse en el mundo de Silvio es para verdaderos aventureros literarios, que no busquen una lectura acotada por lo convencional o por lo maratónicamente vanguardista que aspira a descollar a partir de cualquier hecho letrálico.

En Silvio se conjuga el amplio concepto filosófico con el empedrado de los barrios y subyace la lucha por la reconquista del germen divino que todo hombre posee o la aceptación del barro más pequeño. Por momentos un sabio que regresa desde el comienzo de todos los tiempos y por momentos, el mismo autor es un niño que todo lo pregunta porque se hace cargo de su inocente ignorancia.

Más allá de lo que opinen los cultores de la bella palabra, yo creo que si un autor no explora los límites de sus propios límites, nunca será un autor completo, porque el arte es la exploración hasta el desnudo de lo que más oculto, vibra y vibra.

Silvio Manuel Rodríguez Carrillo hace, en sus "217 consecuencias de las tierras altas", precisamente eso: hundirse en su sí mismo y volver hacia el lector las manos, trayendo ese hombre interior que testifica todas sus realidades, para que el resto, aquellos que leemos en su hondura, nos identifiquemos con la vida.

Gavrí Akhenazi

Días migratorios

¿Por qué no escribirle? Después de todo, me había dado su correo y ya antes, alguna vez, habíamos compartido algún que otro libro. Sí, pero ¿qué o cómo escribirle? Porque definitivamente el papel de playboy de barrio al que nadie comprende y demás yerbas nunca fue conmigo, y como que ya no estoy en edad para invadir ningún territorio que, una vez fundado, comience a reclamar más y mayor asistencia. ¿El 101 de Smarc o los 14 versos de Andrea? Mejor una combinación que partiendo de la no injerencia se sostenga en un asedio comedido en donde lo deseado implique mostrarse.

Creo que es el libro más sencillo que publico, porque el receptor es alguien que desconoce de técnica literaria, de manera que no tuve mayores exigencias a la hora escribir un poema o de utilizar el coloquial con las famosas claves íntimas cuando tocó ir de prosa.

Diario


"Escribir lo que uno se propone escribir es ya desnudar de posibilidades a la empresa desde su principio mismo. Al contrario de lo que pudiera hallarse en la historia, el acometer una guerra plástica llena de finalidades y cronogramas sólo tiene sentido en la medida de la sucesión de traiciones."

Con estas palabras, Silvio Manuel Rodríguez Carrillo comienza su libro. Analizándolas, un lector entusiasta se allega con rapidez a la intensidad temática que encontrará ya avanzado en la lectura.

El sino del autor está determinado por la llave que facilita a su lector para implicarse en la trama de sus búsquedas y anoticiarlo fehacientemente de su complejidad. O sea que el lector toca una llave que inmediatamente se le extravía sin entender ni el cómo ni el porqué; ni siquiera llega a comprender el momento en que el autor vuelve a tomar posesión de su libro y el lector queda afuera de él, sin ser contabilizado.

Así de angustiante y desafiante es tratar de penetrar los ocultos arcanos de esta obra.

Los libros que están hechos con símbolos, en un mundo en que los símbolos ya no representan un símbolo, excluyen a la mayoría de los hombres, porque para entender ciertos libros hay que conocer los semas de la vida o al menos, lo que se ha opinado desde el mithos y desde el logos, acerca de esos semas.

Dificultosamente se comprenda una arquitectura narrativa y poética que reúne la vastedad de los símbolos (místicos y míticos) e intenta ordenarlos en una confrontación de preguntas contra respuestas y de respuestas contra preguntas si no es poniendo la propia visión filosófica en juego, ya que Diario es un libro eminentemente confrontativo.

Si el lector logra abstraerse de la controversia constante, de la no existencia de un punto medio referencial que combate al mismo tiempo con la coexistencia de infinitos puntos excéntricos que sirven de referencia, podrá apreciar en Diario la multiplicidad de sus variables, la proyección poética que tiene toda necesidad de expresión explosiva, el raciocinio abstracto de los números, la sabiduría de lo empírico, la empatía y la antipatía que surgen del análisis de una imponderable variedad de circunstancias entre las que el libro flota y se remece como el Arca en el Diluvio.

Creo que es una obra para que sólo un lector preparado en la lid de la complejidad navegue a fuerza de sortear Escilas y Caribdis, porque, convengamos, pocos son los dispuestos a soportar esputos en el rostro y seguir adelante hasta el final para entender o para empatizar con lo agresivo de la verdad de otro.

Diario no es un libro convencional. Es un desafío. 

Gavrí Akhenazi

Aire

“Aire” es parte de una serie que el mismo autor denomina “Los elementales”, de los cuales tres ya salieron a la luz y el cuarto está en preparación. Pero este libro en particular es una versión nueva y retocada del original y nace doce años después de éste. Digo versión nueva porque los poemas están estructurados en base a métricas bien definidas que dan lugar a diferentes formas poéticas a lo largo de los cien poemas que componen el libro. El autor se propuso hacer esta revisión pero conservando en lo posible el fondo que subyace dentro de cada escrito y vistiéndole con un ropaje nuevo. Una apuesta para nada fácil y una tarea que puede llegar a resultar agobiante, si se tiene en cuenta lo complicado que debe ser volver a sintonizarse con ideas, pensamientos y experiencias que se vivieron tanto tiempo atrás.

Ruffo Jara

Air

To give the measure of impermanence
of which although dying of desires
could not escape
because there is no escape for precision of the present
where water, earth and air are without murmuring

they give convergence to the fire
like a feather gives space to another
until it forms a wing that is conscious of the other
it deploys versatility and is maintained by the pressure
with the absolute as destiny no matter the costs.

Aire

"Aire" es la tercera parte de "Elementales" y, como tal, un peldaño más en la escuela de almacén y monasterio.

Ritmo

"Ritmo es el aprendizaje definitivo de la forma poética en todas sus variantes.

Adentrarse en este libro significa un viaje por el amor y todos sus opuestos, desde la óptica rebelde y filosófica del autor.

Es un viaje interesante a través del talento, del yo consciente y subconsciente que pone la palabra como arma de supervivencia.

Las fobias y las filias, paradójicamente, forman parte de la misma cosa, así como el cielo y el suelo delimitan el paisaje. 

Silvio Manuel tiene una voz única, una forma de contar y contarse que no deja indiferente. Es un explorador de sus propias cavernas que observa concienzudamente todas las variables, los vínculos afectivos pasados, presentes y futuros.

Al fin y al cabo es lo que importa."

Arantza Gonzalo Mondragón

Reinado del rojo

Cuando uno combate contra uno mismo termina relajándose al leer en el Tao “no pierde quien no compite”; cuando el enemigo es el cronómetro, el de al lado no existe, y todo esto no es más que naturaleza, y algo de matemática. La milla extra se lleva por dentro, el cuerpo te la pide, igual que la transgresión, igual que los detalles.


Es imposible salir ileso de uno mismo, aun tratando continuamente de ignorarse, o repitiéndose en ajenidades, el quilombo te aprieta la nada cierta contra la posibilidad del todo, y sólo te tenés a vos, sin nadie que verifique en vida un equilibrio que sirva para algo. Es seguir, mitad absurdo, mitad sentido, por esa condición de fidelidad que exige la belleza a sus apóstoles, y que no es otra cosa que Respuesta. Porque uno es copa, y también copero, y el vino es eso que está ahí en frente, detrás de la regla, tras vivirla desde todas sus victorias y derrotas.

Calle Tarija


Ahora que se han ido y me han dejado solo
comienzo a repasar el valor de sus verbos,
todo lo que dijeron, todo lo que callaron
cuando el día fulgió en la sorda batalla.

Encuentro que no fueron del todo despreciables,
que acaso no alcanzaron a matar como quise
ni a perdonar errores como hubieran podido, 
que al final imitaron lo que al mirarme vieron
y que si les absuelvo es a mí a quien indulto.

Pero aunque para ellos ya todo ha terminado
yo sigo aquí sumando las horas por venir,
a conciencia de un todo que me comprime el pecho
y que me exige vea qué queda por hacer.

...

— ¿Un verso más, señor? ¿Para ganar distancia
entre esto que ocurrió y aquello que será?

— Vale, pero que sea un verso bien logrado
uno que mienta poco y que refiera a noche
que por ejemplo diga, entre otras cosas simples:

"Hoy estuve cansado
de mirarme los días
y encontrarlos vacíos
de sonrisas sangrantes.
Hoy morí con mis ojos
vomitando pasado"

- Son varios versos, varios, y no uno solo ¿sabe?

- !Contar, rimar, coger, teta, concha y el sufro
todo grabado y dicho en piedras de cristal!
No, pibe, yo te digo de salirse de rayas,
de poner en un verso lo que no pone nadie:
el cagarse en el metro mirándose por dentro,
pedírselo a un garzón como se pide un vino,
que te lo sirvan bien con un beso de yapa;
así no es tan callada ni tan sola la noche
y uno puede olvidar las sombras anteriores...
Dejá, no tiene caso, se hace lo que se puede.

- ¡O bien, lo que se quiere, mi estimado señor!

Tierra

"En una época en que la humanidad vive muchos de los más bellos espejismos de su historia, donde mil manuales de "autoayuda" compiten con otros mil manuales de "diez pasos", surge Tierra, como un recordatorio preciso que nos indica con prístina claridad el lado real de las cosas, el sitio donde la vida ocurre, día por día, hora tras hora.

Una vez más, Rodríguez Carrillo despliega derroteros psicológicos, emocionales, filosóficos en que se unen todos los hechos registrables, los sentimientos comunes, los ignorados, los escondidos; donde el camino es cada quién y la fuerza para recorrerlo hasta el fin no viene de afuera sino de adentro, en un panorama donde se funden pasado, futuro y la continua posibilidad del ahora.

Inescrupuloso estropeador de máscaras, el autor se ubica dentro y fuera del tiempo, en la tierra y también fuera de ella; en las calles y en los templos, develando claves y logrando extremos estados de conciencia, para demostrarnos -con una crítica severa e implacable-, cómo se accede a esa alquimia por la cual la personalidad se hace instrumento del alma.

Con la energía de las emociones que transmite, con las generosas cuotas de alta instrucción que contiene, y, sobre todo, con ese modo de ser espejo y camino, este segundo volumen de "Elementales" se constituye en un libro tan fértil como la misma Tierra, donde cada palabra, como semilla caída al corazón, germina desde el inicio mismo de su lectura."

Ruffo Jara

Agua

Un libro peligroso, cristalino y dulce como para abrevar la sed más intensa, y, al tiempo, profundo y turbulento como para poder llegar a ahogar si acaso ocurre el descuido.

Viviendo emociones extremas, a las cuales se accede por buscar con férrea persistencia aquello que aunque pareciera no existir conlleva en sí la promesa de su hallazgo, la trama de Agua implica el intento de equilibrar fuerzas, el peligro de poder perder la razón en esta "tarea", y el vencer el temor que ello pudiera provocar con tan sólo aceptarlo como posible.

En este nuevo libro, Silvio Rodríguez Carrillo, a través de Smarc y Andrea, nos presenta un escenario un tanto más denso que el que nos presentara en libros anteriores, aunque siempre enmarcado en esa escuela de "almacén y monasterio" en la que conocimiento, experiencia e imaginación se funden armónicamente dando como resultado la capacidad de comprender una realidad como también la de proyectar otras.

Mirando desde fuera, una vez más se trata de 100 poemas ordenados en 10 secciones de 10 poemas cada una, separadas (o enlazadas) no por títulos ni por citas referenciales como en libros anteriores, sino esta vez por fotografías en blanco y negro de Juan Carlos Gulino tomadas en Argentina y Estados Unidos, las cuales sirven de preámbulo al clima de los textos.

Duelos

De la lucha crucial entre lo que uno es y lo que pretende llegar a ser, de la distancia entre lo que está y lo que es preciso construir.

Del agobio de la dependencia frente a la posibilidad de la libertad, del íntimo sabor de la tristeza y de la fuerza de los actos, de la renuncia como precio y del esfuerzo como camino.

Desde el bullicioso tormento de estar en donde no se debió llegar jamás, hasta esa atalaya inaccesible desde donde sólo miran los solitarios. Con las manos curtidas de calle y almacén, y con los ojos fatigados de buscar en la penumbra del monasterio. Sobrellevando al anciano que sopesa el río, y a la mujer que en un banco canturrea meciéndose con la mirada extraviada.

Desestimando con fría crueldad la incompletez y desnudando sin prejuicios la propia mediocridad, señalando la belleza ahí donde parecía no existir, rescatando de algún fracaso la enorme victoria de haberlo intentado, exponiendo la vida, porque vitalidad es el modo, jugando vanidosamente con difíciles estructuras, admitiendo el orgullo de poder aprender de todos, arriesgando en cada verso la posibilidad del próximo y la validez del anterior.

Buscando el límite de la emoción y la razón, a puertas cerradas, al borde del abismo por pretender un poco de cielo, en lo más hondo de las galerías de un castillo, en el beso brutal con el que el agua le impide la réplica al acantilado, en ese saludo obligado, y en la sonrisa que nace en la noche antes de la batalla.

Así las historias, de cuando el fondo y la forma parecen contrapuestos, así el tiempo cuando quiere ser algo más que horas y un almanaque, así la piel cuando siente que puede llegar a ser mensaje, y así el puente que cada libro es, y que sin saber a dónde conduce, cada cual se atreve o no a cruzar.

Aquí tienes uno, ¿te animas?

Después del crepúsculo

Para los que conocen el sabor y el valor de la presión, para los que jamás huyen, para ellos, después del crepúsculo, comienza el extremo juego de los otros ámbitos. Y ahí, cuando es necesario dejar de lado el posible cobijo de lo social para precisamente asumirlo y superarlo, cuando una cuota de soledad es la que permite valorar la esencia de los sentimientos, cuando corazón y mente buscan conexión, es desde ahí de donde provienen los textos de este libro.

Diferentes, aunque no opuestos, Smarc y Andrea, desarrollan esta trama con una extraordinaria energía intentando abarcar las tantas aristas de la realidad, considerando la insatisfacción y el hastío, incluso el pánico, como también la esperanza, el deseo, la firmeza, y todas las emociones y valores que sienten los que aceptan oír el íntimo llamado que los impulsa a ofrecer una respuesta. Puestos a escalar, lo escarpado no los desanima, los obliga a una fiel persistencia.

El libro se divide en 10 secciones de 10 poemas cada una. Aunque cada una de estas secciones puede ser considerada independientemente, en su conjunto no dejan de implicar una evolución desde la primera hasta la última. Con ternura que brota de los afectos, o con hostil imaginación erigiendo una burla; con la fortaleza de los que se atreven a desestimar convenciones, o con la sencillez del que quiere y no alcanza a calmar sus ansias; desde la tensión de la espera, o desde la calma que sobreviene al esfuerzo desplegado, Después del crepúsculo implica una dimensión especial en la que el lector pasa de espectador a protagonista en un intenso viaje de ida.

La quinta estación

No se encontrará en este libro el dulce simplismo de la descripción de algún par de sentimientos, no. Este libro parte de la desestimación de lo fácil, y con consciente sinceridad enfrenta al posible absurdo de la vida aceptándolo, para así poder intentar vencerlo.

El protagonista de este libro, Andrea, expone su renuncia a lo burdo, criticando, a veces con sencillez irónica, a veces con un pulido desprecio, toda conducta y norma urbana que a su criterio carece de sentido. Idealista a mansalva, señala la distancia entre lo que imagina como posible y el dictamen social de que lo que busca no podrá llegar a ser alcanzado. En este panorama, dolor y decepción no son novedad, y el manejarlos es su habilidad.

Partiendo de lo cotidiano Andrea establece un duro juicio respecto de sí mismo, como de lo que le rodea, y desde ahí va por más.

El libro se divide en cinco secciones, "Maitines", "Laudes", "Guerra", "La quinta estación" y "Piedras y arquitectos" (no hay casualidad en el número), en las cuales el autor va alternando entre hablar de sí, cuando es al lector a quien se refiere, o hablándole al lector cuando es consigo mismo con quien dialoga.

Prisma

El ganador del Premio García Lorca (1998), Esteban Cabañas, dice de Prisma: "Un libro de poemas apretujado de palabras, despedazándose de palabras."

Una voz que sabe arder, arrojándose a la llama de las palabras, mariposa aniquilada por un destino que no existe. ¿Es esta la metáfora que sólo llega cuando el final está cerca? Un libro habitado por aquel al cual se lo llama desde el atrás del tiempo. Hay ciertas músicas y detallados gestos de manos que se trazaron desde un alguien que le amó sin que lo supiera. Fríos puñales navegan por el torrente de su sangre. Puñal que corta el aire, puñal invisible, más intenso si se lo oculta, como buen instrumento sueña el momento de herir. Es su naturaleza. Lo suyo es un puñal y una tenaza sus piernas; su boca, prisión y muerte. Trató de escribir una lágrima en un diálogo sin fin, la obra estulta innegable, esa manía griega por los garabatos; trató de escribir un corral de cuatro lados con un montón de palabras, que será lo único que permanezca cuando su figura comience a desaparecer de todas las fotografías".

La agenda de Andrea

La significancia de una copa ociosa y la posibilidad del que el verso, por impiedad, pudiera implicar profecía; el vuelo que el azor decide realizar para sí, como la mudez del erudito y la del idiota, son algunas de las variables que tracé sin lograr demasiada claridad, sin ni siquiera una estética mediana, pero también sin caer en ningún acomodamiento.

Ordenar los textos me significó, al igual que la construcción de los mismos, una mezcla de agobio y diversión, por lo que mirado desde de fuera la idea de lo disperso es casi inevitable, aunque confío en que no hay fondo que no se deje ver, si acaso existe.

La agenda de Andrea fue mi primera manera de llevar a la potencia hasta la vereda del acto, motivado por la necesidad de probar si escribir valía la pena.


38. Trabajo en grupo

           "Cuando deje de llorar, que le diga por qué"

Llegar a cuarto grado implicaba que se podía usar birome (ya sé que es bolígrafo, pero le decíamos birome, qué querés), y aunque yo suponía que el birome se resbalaba de balde y que sería complicado manejarlo, al final resultó que era sencillito, aunque no había vuelta atrás cuando errabas, a diferencia del lápiz de papel. En quinto grado la novedad fue el tema de los trabajos en grupo, cosa que de repente pudo haber sido divertida de no ser por el encare que asumió la profe Wanda. Una vez más la situación de minoría de los varones jugó en contra.

Como éramos pocos, a la hora de armar los grupos íbamos prácticamente un varón por grupo y el resto todas mujeres. A mí la cosa no me llamó particularmente la atención, o sea, digamos que no la rechacé de plano, pero cuando comenzó la interactuación se me complicó. Nos habían dado un tema, así que sería buscar información en el manual o en algún libro de la biblioteca, armarlo y listo. La dificultad, sin duda, sería qué poner y qué no, aparte de resumir, porque luego íbamos a tener que exponerlo de forma oral, que tampoco se trataba de copiarlo todo.

En esto venía pensando cuando me uní al grupo, y ahí me sorprendió que lo primero que comenzó a discutirse fue el nombre del grupo, porque claro, tenía que tener un nombre. Me pareció que estaban locas, pero me callé y las dejé hacer. Al final, bautizaron al grupo con el nombre de “Conejín”; aparte de locas, estúpidas, para mí estaba claro. Sin embargo, para no ser de nuevo el problemático, y como ya tenía varias tarjetas amarillas acumuladas, yo ni mu, aunque me jodía y no poco ese nombre. Pero la cosa no terminó ahí, ellas fueron a por más.

No contentas con el nombrecito aquel, decidieron que había de hacerse una suerte de escarapela, una insignia, para llevarla en el pecho. En la práctica, querían recortar una cartulina con forma de cara de conejo, ponerle ojos, bigotes, boca, y escribir sobre eso Conejín y el nombre de cada uno. Ahí ya abrí la boca, y para decir que no me iba a poner “esa mierda”. Entonces, claro, el cómo iba a hablar así, y todo el mambo. La que iba de presidenta me siguió insistiendo tanto que terminé diciéndole que tenía el culo más negro y sucio que su abuela.

Comenzó a llorar horriblemente, y bueno, de vuelta me enviaron a la Dirección, junto con ella. En el interrogatorio, la Hermana Directora escuchó primero la versión de la compañerita, que fue verbalizada entre hipeos y lágrimas, y en la que fui acusado de decir “malas palabras”. Cuando la Autoridad me preguntó "¿Qué le dijiste?", sinceramente te digo, sentí el poder. Contesté pausadamente un: “le dije que tenía el culo más negro y sucio que su abuela”. La piba rompió en llanto de vuelta, mal. Agregué: cuando deje de llorar que le diga por qué. La pagué, pero comencé a perder miedo.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Gusto desarrollado y humildad


Quedarse maravillado ante la imponente escultura del Moisés de Miguel Ángel, o luego de escuchar algo de Bach preguntarse -sin posibilidad de respuestas- cómo pudo un hombre concebir una música semejante, son situaciones sumamente especiales pero que no dejan de tener mucho de normalidad. Ahora, cuando la exaltación que nos provoca la obra conseguida por otros nos mueve a pretender emularlos, ahí la cuestión comienza a ser otra. Cuando en la construcción que percibimos, a un tiempo hay algo que nos empuja y nos llama a poseerlo haciendo que digamos “yo quiero hacer cosas así”, la cosa vibra con otra frecuencia.

Aquí, el que asumió esta vibración íntima y decidió intentar desarrollar eso que el gusto le pide, va a encontrarse, más temprano o más tarde, con la primerísima lección: no es nada fácil. Y es que a medida que se avanza las dificultades también lo hacen, tanto, que llega un punto en el que lo más frecuente de todo es pensar en abandonar la empresa, pues, la distancia entre lo que se pretende conseguir y lo que efectivamente se consigue parece no amenguar, el agobio se agiganta como maleza y, muchas veces, no se cuenta con el apoyo que uno desearía.

En esta primera lección quien realmente sufre es el ego que, mira tú, por primera vez aparece como un personaje innegable con el que es necesario entablar una relación seria y armoniosa si es que se quiere progresar. Si acaso el aprendiz logra los acuerdos necesarios con su ego, entonces le será posible asumir justamente eso, su rol de aprendiz, con lo que no tendrá reparos al momento de recibir críticas – todas las críticas son constructivas, para el que quiere crecer, claro -, comentarios, y cualquier tipo de ayuda que en el camino de su aprendizaje vaya recibiendo de quien sea.

En esta primera lección también opera un filtro que separa a quien busca conseguir el arte, de quienes buscan simplemente enaltecer su ego. Está quien quiere tocar una música por el placer de conseguir hacerlo, y está quien quiere ser escuchado, reconocido por hacerlo; hay una diferencia entre ambos objetivos, que no se excluyen, ojo. Pero, digamos que el que busca el arte por el placer de lograrlo, por desarrollar su gusto, está más dispuesto a escuchar consejos para conseguirlo que aquellos que prioritariamente buscan hacer relucir sus nombres. Suelen llegar más lejos, siempre, los que mejor capitalizan todas las sugerencias.

Para quien va desarrollando su gusto todo sirve, y toda equivocación que le señalen, venga de quien venga, no deja de ser una ayuda. Como se comprenderá, el que tiene un gusto desarrollado de nivel superior, necesariamente ha tenido que pasar por un curso de humildad elevado, que es lo que le permite aprovechar cualquier enseñanza, como también valorar y comprender tanto la propia obra como la de los otros, independientemente de cualquier juicio externo. En este panorama, ¿cómo podría extrañarnos que la gente que se enoja cuando se le marca un error sea aquella que no tiene un gusto desarrollado? 


sábado, 25 de marzo de 2017

El escapismo de la música II


No, no es soplar y hacer botellas, pero tampoco es difícil, tiene nomás su puntito. La boquilla tiene su lado, y en dependiendo de cómo la colocás, aunque no creás, hay variación de potencia en la emisión del sonido y, por tanto, de la nota. Ahora, la ventaja es que “la nota está”, es decir, si colocás los dedos en el lugar correcto no podés errar. Desde ahí, claro, el problema fue qué notas sacar y en qué momento, esto es, cuándo el do, cuándo el mi, cuándo el sol, y por cuánto tiempo. O sea, tocar música y no ruido.

Para el menester este de tocar música es que se desarrolló la herramienta del pentagrama, había sido. Y como yo no tenía mucha paciencia (o quizás cerebro) como para aprenderme a leer el pentagrama, Sarah, dando muestras de sus dotes pedagógicas, sale y me escribe las notas de una canción: do do re mi do re re sol – mi mi fa sol mi fa sol la -, y luego toca eso. Me pasa la flauta y hace que lo intente. A la primera me salió todo mal, pero ahí por la tercera la cacé. Apenas me lo creía, ¡estaba balbuceando música!

Luego me enseñó esa música de Kung Fu, un canon, y una para dormir, de Beethoven. Por primera vez había dejado aparte las esferas, y ni me pesó. Me apliqué con todo, y como la Sarah, de un oído finísimo, no me permitía un solo yerro, después de unas decenas de “pará, bobaso, de nuevo”, terminé dominando esas tres canciones. Con las esferas, en ese momento todavía no me había pasado, pero con la flauta viví la sensación de volver posible lo que antes entraba en el rango de "no se puede", y con sólo ponerle ganas, autenticas ganas, por supuesto.

Así que voy junto a la profe Yehlí y le digo que quiero entrar en el coro. Dulce, maternal, con el espíritu docente brotándole de los poros, y sobre todo expeditiva, me dijo “pero vos no sabés cantar”. Colón, como decía tía Kej, pensé por dentro, y le dije que quería probar con la flauta, que Sarah me había enseñado unas canciones. Cuando me dijo que "bueno, a ver, te escucho”, ahí recién el cagazo, los nervios y demás. Pero nada, atropellé y le metí una canción tras otra, palpitando fuerte ahí en los pasajes que provocaron los “pará, de nuevo”.

Una semana después, durante el ensayo en el que estaba estrenando mi propia flauta, Yehlí comenzó a putear a medio mundo porque no salía la cosa, y de repente agrega “no son como Smarc que en tres días se domina cualquier cosa”. Yo busqué directamente los ojos de Sarah, que me estaba mirando con esa sonrisa suya, hinchada como un globo y yo, rojo como un tomate, y para variar, mudo. Mucha cosa la música, yo sin saber cantar y, sin embargo, pudiendo salir del aula en horas de clase. Al parecer, algo más se escondía detrás de todos esos sonidos.

viernes, 24 de marzo de 2017

La alegría de endeudarse


Hay un grupo de gente que está contenta porque los bonos emitidos van a ser colocados en equis mercados. Y yo me pregunto si por qué esta gente está contenta. La emisión de bonos, lo mires como lo mires, implica un endeudamiento. Esto quiere decir que vamos a endeudarnos, que nos van a dar plata y que esa plata la vamos a tener que devolver. El que la gente festeje este hecho viene a ser como la alegría del tipo de dudosa reputación al que le aprueban un préstamo en un banco. Es como que le aprueban la facha, la pinta.

Analizando un poco el tema del préstamo, cuando alguien te va a prestar dinero, sea tu almacenero, sea una financiera, un banco comercial, el banco mundial, o los chicos de Wall Street, en lo primero que se fijan es si vas o no vas a poder devolverles el dinero, es decir, tu flujo de caja. En este caso, los impuestos y lo que entra por las entidades públicas, como ANDE e Itaipú. Luego se fijan en qué te pueden quitar si no cumplís (similar a lo anterior) y, finalmente, cuánto más pueden ganar si falluteás en la puntualidad de los pagos.

Como se ve, tenés un sujeto de crédito que tiene un buen flujo de caja, con dos represas que generan un montón de dinero (ninguna de las cuales son obra de este gobierno, dicho sea), un histórico comportamiento tributario impecable (los muchachos pagan los impuestos que sean, sin llorar ni protestar), una institucionalidad al uso de Latinoamérica (dónde cualquier reclamo judicial te lleva entre 5 a 25 años), y donde ninguna obra de infraestructura, ni de ningún tipo, está sujeta a fiscalización privada, por lo que en caso de un desembolso completamente fraudulento nadie va a reclamar absolutamente nada… ¿qué más?

Un detalle… lo que pocos medios mencionan es que estamos en una coyuntura en la que las tasas de interés ya están a cero, o incluso en rojo. Es decir, vamos, hay empresas, instituciones de capitales enormes que están pagando a los bancos para tener su dinero en el sistema - y en bancos que en cualquier momento pueden dejar de estar-. Yendo a lo serio, el Deutsche Bank ha dejado de ser un banco serio para una empresa seria. Entonces, un equipo serio, buscaría dinero y lo conseguiría sin tener que pagar intereses, acaso justo lo contrario, cobrando buenos intereses.

Pero, lo principal para mí es, ¿para qué endeudarnos? ¿Es que no tenemos reservas monetarias, es que no tenemos plata guardada? Aquí queda clara la cosa: se presta plata que no se tiene para gastar en lo que no genera beneficios. Está claro entonces que esta plata que se presta, que no va a generar beneficios, como sí va a generar intereses, necesariamente acarreará una suba en los impuestos y en las tarifas de servicios públicos. Ahora, si además esta plata la gastan algunos, y la pagamos el resto, la cosa va a estar para repartir sonrisas, besos y abrazos.

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miércoles, 22 de marzo de 2017

Quote 2


Not long ago I’ve read a very good poem about the fear and now, while listening to the symphonic poem n· 29 of Rachmaninov, and remembering what I’ve been reading about Mary, queen of Scotland, "the fear" as a belonging, occurs to me. Do you have twenty dollars? Do you have fear? Let’s agree that it could be a question of a degeneration of the language, but normally nobody says: Do you feel fear? No. The verb that is used is to have. Since then that sounds pretty logic the phrase of losing the fear , because of course, following the logic one loses what it has, not what it feels.

But: what is that one has but what it feels? Then: is it possible to lose the tenderness or the rancor as the fear? Is it possible, as Pink Floyd, to be remaining comfortably lulled with the feelings more and more anesthetized blurred of its primary colors? I am sure that it is possible, as I am sure of the opposite process. That is to say, that we can gain fears, resentments, even emptiness and darknesses, which the palette of the human soul can be of many tones. The joke is in the game of dependences that begin to play for everyone.

Returning then to the thing of the “divine treasure", it doesn’t stop sounding in my head the famous phrase "the best years of my life". And look, I that I have sold so many things, some of them excellent, some of them rustic, I understand that people sell themselves for what they know - meanwhile it is capable of teaching, or  transmitting somehow  that knowledge- and for what they feel, because both things are tied. In this way, one puts price to what one is as a company, because this is finally what one has to sell, nothing else.

lunes, 20 de marzo de 2017

Quote 1


"Who conquers in science to Saint Thomas, in genius to Saint Augustine, in grace to Bossuet, in strength to saint Peter? Who as Rafael dos ever put on the canvas inspiration and life? Place people in view of the Pyramids of Egypt, and they shall say: through here has passed a great and marvellous civilization; place them in front of the Greek statues and the Greek temples and they shall say: through here has passed an amusing, mayfly and exceptional civilization; place them in front of a Roman monument and they shall say: through here has passed a great village. Place them in front of  a cathedral, and on having seen so many majesty united to so many beauty, so many glory joined to so much taste, so much grace together with a beauty so pilgrim, so severe unit in such a rich variety, so many restraint joined with so much boldness, so many softness in the stones and so many gentleness in the outlines, and so amazing harmony between the silence and the light, the shade and the colors, they shall say: through here has passed the greatest village in the history, and the most magnificent of the human civilizations, this people must have had of the Egyptian the greatness, of the Greek the brilliant, of the Roman the strength; and above the strength, the brilliant and the greatness, something worthier than the greatness, the strength and the brilliant: the immortal and the perfection. "

Donoso Cortés.

***

New sounds, like painful and, to the time, calm perfection makes itself comfortable in this linear time that sometimes I conceive thanks to a part that my original senses dictate me. I visualize, swear that almost exactly, the climate during the too many mornings in which there was controlling itself the refinement of the curves of the wood, the bridge, for the final tension of the ropes.

And distant sleep, at the top of me, the love, or the hate, the disappointments, the spasms, the first fright when it disappeared the rule and a blood absence announced then the Clara advent, and the first look like the first steps of a new angel- non-participating of hell and of any god peoples elector and scornfully of gifts - spilling questions on ancient staves for inaugurating its eyes.

Perhaps all this, because also it weighs me to remember that summer night, with so many beer and AC/DC, Johannes translating from English to Spanish, Goldstein doing of Paganiniana a happy birthday without too many arrangements under the tree, and the old man  laugh between cigarette and cigarette, so that the years happen suddenly, suddenly, like a rag that passes on the counter of a snack bar that suddenly has become unfriendly, without notice, and the cold comes to me to the face without pouches of knowing that the boy has committed suicide, that found the violin at the corner of the room, and John wondering why it had done it, if how, and I controlling myself, saying to him that I do not want to speak about that now, old man.


sábado, 18 de marzo de 2017

Solo, me sostengo

Conmigo a oscuras, solo, me sostengo
recreando el sonido que escribiera
para todos y nadie, a su manera,
algún monje genial sin abolengo.
Su música, sus notas - lo que tengo -
bastan para nutrirme y aquietarme
en el desasosiego, en el desarme
que es vivir esperando que otras manos
acompasen la furia, los arcanos
que implican convivir sin sojuzgarme.


36. El escapismo de la música I


A Sarah los viejos le habían comprado una flauta, de las que le dicen “flauta dulce”, y por las tardes ella se ponía a practicar. Cuando lo hacía, yo le prestaba algo de atención un rato, más por la novedad que por otra cosa, pero enseguida la abandonaba y me iba al patio a por las esferas. No me dio celos el tema, del tipo por qué a ella sí y a mí no, que yo sabía que la mina jugaba a otro nivel y, a mi modo, entendía que eran “sus cosas”, como sus muñecas, o sus zuecos, algo así.

Sin embargo, cuando cierta vez la vi desarmando la flauta para sacarle la saliva, y luego, volviendo a armarla acomodando la parte baja dejándola un poquito torcida, ahí ya fue otro tema. Me explicó que la saliva se junta y entonces gotea, que si la parte baja se pone recta el dedito no alcanzaría para hacer la nota do, “¿ves?”. Le pregunté si cómo sabía todo eso, y me dijo que lo había aprendido en el coro de la escuela, y poco tiempo atrás. “¿Vos estás en el coro?”. Y cómo no iba a estar en el coro, si era Sarah.

El coro era una suerte de élite, en la que alguna vez, y estoy seguro de que por gordito y por mi recorte taza, me pusieron a tocar el triángulo. Esa élite estaba comandada por la profesora de música, la profe Yehlí, cuya voz fácilmente se podía escuchar a dos cuadras de distancia, aún con todas las puertas y ventanas cerradas. Para entrar a la élite había dos condiciones, o sabías cantar, o sabías tocar la flauta, como mínimo, y de filtrar a “los aptos” se ocupaba la mismísima Yehlí, que no tenía problemas en descartar a quien no la pegaba.

Todo esto a mí me pasaba por un costado, pero, cuando una mañana, correteando por un pasillo, fija que con la excusa de ir al baño, vi a Sarah y a otros niños salir de sus aulas en horario de clases quedé en alerta. Ya en casa, cuando le pregunté sobre el tema, Sarah me dijo que a veces salían de clases para ensayar en el coro. Fue como un chispazo, el imposible mismo tendiendo un puente. Decidí que tenía que estar en el coro, como sea, porque aquello de salir del aula a deshoras y sin supervisores me parecía fantástico.

Le comenté a Sarah de mis intenciones, confesándole que para mí lo importante era salir del aula. Tras una brevísima evaluación, con extraordinarias semejanzas con la profe Yehlí, Sarah determinó que el canto no era lo mío y que por ese lado me vaya olvidando del coro. Sin embargo, me dijo que podía probar con la flauta, a lo que yo le respondí que no tenía ni idea de las notas y todo aquel mambo. “Es fácil, yo te enseño” me dijo, y al momento se puso a darme las primeras lecciones, que iban de sacar el sonido, antes que nada.