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martes, 22 de noviembre de 2016

Tiempo y gusto desarrollado - Parte 1



En la primera infancia la cosa va de jugar como principal actividad. Uno juega de acuerdo a sus capacidades motrices y demás condicionantes, juega con lo que tiene a mano, ponele autitos, muñecas, pelotas, lo que sea; juega con sus hermanos, con sus vecinos, con su madre, con su abuela. Y uno deja de jugar para comer, para tomar un baño, para echarse una siesta y para el sueño nocturno. El tiempo que uno lo pasa consciente lo destina entonces, prioritariamente, a jugar y divertirse. Cuando esto es así es que la cosa se pone bonita y la vida es bella.

Ya en la escuela la cosa cambia, ya no todo es juego. Hay horas de aula, minutos de recreo, tareas en el hogar y variables así. Es entonces que comenzamos a distinguir entre el tiempo que dedicamos a lo que nos gusta y el tiempo dedicado a lo que pudiera ser que no nos guste, o no nos interese, o nos aburra, o incluso nos moleste. Es aquí que cuando con mayor o menor consciencia comenzamos a valorar el tiempo: cuánto valen diez minutos de recreo, cuánto 40 minutos de matemáticas y cuánto 40 minutos de música. Cada actividad pesa diferente.

En la pubertad y/o adolescencia una minoría habrá de desarrollar un gusto muy intenso por el arte, el deporte y/o las ciencias, y si tienen las aptitudes necesarias, probablemente terminarán dedicando un tiempo extra curricular al desarrollo de las mismas. Esta minoría experimentará una cosa que el resto de sus compañeros habrá de ignorar: que el tiempo es el mismo para todos y, como ellos tienen un objetivo extra, para ellos el tiempo será más valioso. El que no tiene un gusto intenso por algo, obviamente no le va a dedicar tiempo extra, entonces probablemente las horas le parecerán las mismas.

Pero para el que se apasiona por la música y quiere participar de un concierto a fin de año, cada día cuenta como una oportunidad para practicar, mejorar y estar a punto para ese momento. Para el que quiere subir de rango, y pasar de cinta azul a cinta roja, cada hora cuenta; sabe que faltar a un entrenamiento le va a pasar factura en elasticidad y resistencia. Esto es, quien tiene un gusto desarrollado y se involucra en ese gusto, termina por marcarse objetivos y, cuando uno tiene objetivos, el tiempo tiene un valor muy preciso, de lo más puntual.

Por otra parte, así como el que tiene el gusto desarrollado disfruta de emplear sus horas de ocio en ese gusto, para el que no ha desarrollado ninguno las horas de ocio pueden convertirse en una tortura. Es aquí en donde aparece la primera divergencia, la primera separación natural entre quienes valoran el tiempo y quienes no lo hacen porque no saben en qué invertirlo. Los adultos que no tienen un gusto desarrollado muchas veces quedan en evidencia porque no saben valorar el tiempo propio ni el ajeno. Normalmente son los que suelen llegar tarde, los que son impuntuales por norma.