Printfriendly

martes, 27 de septiembre de 2016

Vanidades por estrenar

Huyes de mi nombre
renegando de su brillo y de su sombra
forjados en un dolor que no divulgo
y que por eso humilla y desvanece
el frágil poderío de tu falsa entrega.

Escupes como puedes, desesperada y sin fe
sobre mi última risa - ahora inalcanzable
y martillando en tu corazón de luz sucia -,
que sabes aletea  dentro de mi puño
si cruzo un cementerio en el ocaso,
que intuyes me gana la boca
si cierro los ojos y olvido
su melena de leona en celo
por sentir que sigo de ida.

Me buscas
afanosamente
la grieta, el desorden, el error que los dioses
propiciaron en mi sangre; y
si acaso, débil
tenso la poquedad de mis músculos
para devolverle a tus gestos de ajedrez
lo que puebla mi piel y reflejan mis iris,
agitas las alas, como púber inútil
con los brazos cargados de primeras piedras para arrojar,
pero en medio de un templo donde sólo hay pederastas
que forman parte de los abusos que he perdonado.

Yo no te privo
de jugar en la náusea, con el asco de tus días,
en la sencillez de un odio rancio, repetido, porque

por arriba y por debajo
de tus intentos de invasión

cargando como un apóstol indócil
mis mejores defectos de juventud
todavía tengo vanidades por estrenar.