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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Cita 26

La mayoría de la gente hipócrita deja de ocultar su egocentrismo cuando juzga como pobres las manifestaciones amorosas de los demás en comparación a las suyas. Una vez efectuado este juicio, este sujeto defiende su sentencia con diez mil razones, desde estéticas hasta teológicas, sin considerar ni por un segundo que lo único que está haciendo es absolutizar lo relativo, como un pavo adolescente que no tuvo calle. Esta necesidad de absolutos personales, de definiciones supuestamente propias que avalen su capacidad de raciocinio son las que determinan la dimensión de sus carencias, tal como mandan los manuales básicos de psicología bípeda.


Los solos, sin embargo, habiendo experimentado un montón de veces lo prácticamente imposible de encontrar algún absoluto valedero, y habiéndose habituado a otro montón de relativos de toda índole, son los que terminan anteponiendo claramente el concepto de egoísmo al de egocentrismo. Y desde este egoísmo que admite y reconoce lo relativo es que también asumen lo efímero. Sin menospreciar ni despreciar, sin desestimar en nada largas tradiciones espirituales o trabajos mentales de décadas de esfuerzo, los solos son los que suelen saber que este momento es, en verdad, irrepetible; que puede o no  valer la pena; que pudiera ser perdurable.


Los genios van un poco más allá de esta y aquella vereda. Capaces de escribir cada vocablo, también pueden hacer vibrar cada palabra, dibujarla, evocarla, representarla. Son los que no se han resignado a la derrota y menos al triunfo. El genio parte de ser un solo, lo sabe. No tiene que llegar a esto. Está en sí mismo. ¿Qué le queda por hacer entonces? Tender puentes. Y la joda aquí es que cualquier genio puede tender cualquier puente para que cruce otro genio. Pero, ¿puede un genio hacer un puente capaz de ser cruzado por un egocéntrico, por un egoísta?