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miércoles, 24 de agosto de 2016

Cita 24


Se había pasado buena parte de la vida intentando demostrarle a todos cuán diferente era a los demás y, cuando finalmente comprendió, cuando entera y racionalmente asimiló que incluso por genética somos todos únicos e irrepetibles, se encontró ante el desolador panorama de que la historia de su vida era inigualablemente aburrida, opaca, sin esplendor alguno. Había intentado escribirse, pero todos sus intentos no fueron sino un juego de apariencias, de poses sin gracia destinadas a colocarlo como el protagonista de una trama que no tuvo ningún otro argumento que el de la carencia afectiva y la consecuente necesidad de atención.


Por mi parte, yo me había apresurado a llevar una vida sexualmente desordenada, que era lo que mi inteligencia entonces me permitía. A veces alcanzaba a leer alguna novela, pero era algo ocasional. Tenía asumido el absurdo como supremo regidor del planeta y no pensaba llevarle la contra, y menos aún defender sus principios. Yo simplemente trataba de mantenerme a un lado sin taparle el camino a nadie y, mientras tanto, ligándome todo lo que encontraba a mi paso que, si no era de lo mejor, por lo menos tenía un mínimo de calidad y en cuanto a cantidad nunca faltaba.


Cuando nos juntamos, por esos trucos que a sí misma se hace la vida, y entre los dos hicimos tablas con nuestros propios desprecios, errores, carencias y fantasías, comenzamos a asumir la construcción de una amistad por completo fuera de las que hasta entonces habíamos visto en los demás. Una fraternidad sin posturas, ni fechas o compromisos de sangre, juramentos y todo ese tipo de estupideces solemnes. Nos hacíamos compañía, nos hacíamos bien, y en eso había algo sagrado por lo que no había más que obrar en consecuencia. Para todo lo demás, incluso el arte, estaba el mundo, la gente.