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sábado, 9 de julio de 2016

21. Déjame que te cuente

Hay quienes dicen que el mejor lugar del mundo es la cama de los viejos. Bueno, es posible. Había veces en las que Magy, ahí al medio, abría el libro de cuentos y Sarah y yo nos dejábamos llevar a esos otros mundos. No lo recuerdo frecuente, y memoro frazadas y ventanas cerradas, la tibieza del colchón, la de la cercanía, de manera que aquellas lecturas debieron ocurrir cuando se daba el frío del invierno, o los bajones de temperatura de las lluvias. Hay que tener en cuenta que allá en Asunción el calor no daba para andar encimados, ni nunca.

Los cuentos eran de una colección de unos diez libros, encuadernados con tapa dura, y cuya presentación no me gustaba para nada, en tono celeste claro, y con unos dibujos refiriendo a hadas que me inspiraban algo más cercano al miedo que a cualquier otra cosa. No sé, había algo frío, algo que no me encajaba en esos diseños. La voz de Magy, cuando se soltaba sobre el relato me libraba de todo aquello, porque su entonación era firme y clara, como si estuviese muy metida ahí en lo que nos estaba contando, y hacía entonces posible vivir todas esas historias.

En algunas inolvidables fechas la narración se daba en la habitación que compartíamos Sarah y yo (ojo que no le decíamos “habitación”, sino pieza), y el que se presentaba a relatarnos el tema era nada menos que el viejo. Obviamente la escena comenzaba con la disputa de si en la cama de quién iba a sentarse el gran visitante y, obviamente, truco aquí, truco allá, Sarah ganaba el sitio “limpiamente”, pero bueh. El caso es que el viejo tenía en su haber unas aventuras que no tenían nada que ver con aquellos clásicos que teníamos carpeteados. Eran más de “este” mundo.

Tenía un personaje que era imbatible, un tal Perurimá, que se las pasaba de listo dejando a todos como tontos. Y aquel cuento genial del burro, el gallo, el monito y la ranita, que tomaron por asalto una granja y se adueñaron del lugar; por lejos de lo mejor que entonces había escuchado. No sé si eran por los relatos mismos, pero el tono del viejo comenzaba grave, y luego se iba acelerando y encendiendo, hasta que al final estallaba en una carcajada en la que los tres nos metíamos de pleno. Aquello era reír hasta lagrimear y sin pagar entrada.


Sin embargo, todo aquello duró más bien poco, o muy poco. Supongo que entonces tampoco dábamos la lata con el tema de “dale, contanos un cuento, dale, dale”; o de repente de una nos mandaban al tambo y listo. Lo cierto es que apareció un sucedáneo espectacular: Condorito. Y sí, como nos defendíamos con el tema de leer, a la hora de dormir cada cual podía tomarse un ejemplar y darse una lectura antes de que el oficial de turno venga y apague el velador. Así, con Sarah comenzó el “escuchá este”, y ese querer seguir leyendo “un poquito más, ¿sí?”