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viernes, 3 de junio de 2016

Yo, tú, vos

Yo no voy por ahí explicando
que soy consciente del abismo que ofrecen mis ojos,
no escribo reportes, grafitis, pancartas
que relaten el por qué de mis egos,
ni me arrodillo a llorar o suplicar
esa caricia que no tuve y que ahora canta muda bajo tierra.

Yo dejo que me digan y que me escupan
que narren y establezcan la historia que no viví
si lo precisan para sentirse menos mierda;
bajo la guardia y levanto el mentón
ofrezco los pómulos, mi bonita cara de imbécil
a ver qué tan duros son los nudillos, qué tan sabios
los golpes que pueden darle los aprendices de resentidos a mí,
el dios padre de todos los resentidos.

Yo no dejo en paz mi memoria,
levantando cada día el polvo de mis roturas
aprendo cada mañana un silencio nuevo,
y desde ahí, con algún libro que llevo en los pulmones
por alguna nube de bites, desestimando vanidades inocultables,
sonrío la hermandad de los heridos que cantan
la alegría de mirar de frente y sin orgullo.

///

Tú puedes exhibir la ley, la erudición bendita
que te distingue del rebaño;
danzar la precisión apenas decible que establece el punto
desde el cual el compás determina
la perfección del círculo geométrico.

Tú puedes, con dureza suave y gentil 
valorar desde la balanza de tus cejas
el peso de los silencios, el de los aplausos;
tú que eres juez del dolor
- porque ninguno fue más grande que el que viviste -
puedes ceder a los caprichos que el horror del pasado
instaló entre tus dedos.

Tú, como un abismo que se odia
por ser fruta que detesta ser comida y no poder comer;
como pieza decorativa que embelesa a los ángeles
de cuyo origen no puede concebir explicación;
como lástima que lastima a lo que está
porque se sabe intransigente trascendencia,
puedes seguir andando sin mí.

///

Vos hacés estas cosas dentro de mí
sin saber que sos mezcla, bendición
locura que apenas sostengo con el barro
que tanto me costó erigir en la suela de mis botas.

Vos, sabiendo que de tanto saber leer
no tengo posibilidades de poder elegir,
que de tantas carencias que levanto como banderas
perdí la manera de querer cercanía,
acercás a las comisuras de mi soledad temprana
la infinitud de tus mañanas sin mirar atrás.

Vos, que leíste, como nadie y por fin
la huella de los reclamos en mis hombros,
tan sólo me pedís, de pronto y sin aviso alguno
que vaya hasta al fondo de todos los excesos y rescate
desde ahí
tu nombre fundido con el mío.