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miércoles, 22 de junio de 2016

Reclamo de falsa bandera


Ya he pasado por esto demasiadas veces, y considera que con un par es suficiente para hablar de "demasiadas veces". No te voy a decir que me molesta, que me encoleriza, que me agobia y que me lleva a un nivel de decepción o alguna cosa así. No, antes bien, te lo agradezco. Y sin pose, de repente para que te duela más y termines por irte por las cañerías con todo este show tuyo que así te lo desbarato, con un gracias de cuyo vigor al menos un 50 por ciento debo emplear en escribir algo que ya me dije.

Treinta años atrás, cuando abandoné a Clodia por aquella beca, y soporté todo el enojo de su familia, sin que ella se quejase de nada y aceptase la ruptura con apenas algún llanto, no imaginé que casi exactamente al año la cosa sería casi exactamente al revés, con Lucienne. Fue entonces que conocí a Julio, que comencé a leerlo, que supe que 62, como modelo final, sería el último de los eslabones, puentes y puertas que me separarían y unirían y distanciarían de todo eso que gente, personas, seres como vos, llaman realidad "y que no puede ser, no puede ser".

Con esto te digo, te cuento, relato, te narro, que entiendo, que soy perfectamente capaz de entender y comprender cualquier tipo de reclamo, de dolor, de queja. En ese entonces, vamos, Lucienne ya tenía una casa y dos autos, servidumbre; yo apenas tenía para mis libros de estudiante... Pero, ¿sabes? Casi como a Clodia, no me pudo el resentimiento. Y, si alguna vez me ensució, lo fui limpiando, o me lo fueron sacudiendo, quizás. Esa es la diferencia de nuestros reclamos. Cuando a mí me preguntan "cómo te lo compenso", yo tengo una respuesta. Tú no. Tú no quieres te compensen.

Eres como una mujer despechada a la que le han puesto los cuernos. Sientes, frente a mí, humillación y, entonces, la necesidad de hacerme pagar por ese sentimiento, cuando, bien mirado, todo lo que hay es el curso natural de las cosas. Tú jamás abrazaste la sinceridad, yo sí. Tu hipocresía te hizo detestar la altanería de mi impudicia, nada más. Lo triste es que, a diferencia de Clodia, y de Lucienne, tú nunca destacaste en nada, en absolutamente nada, de ahí tu ahogo mayor, y esa imperiosa necesidad de maltrato, de maledicencia... un espectáculo lastimoso, con los años como agravante.

Sin embargo, hay algo peor, que supongo nadie que conozcas habrá de decírtelo; porque no tienes ni amigos con la honestidad necesaria, ni enemigos que te crean importante. Tú eres, en el fondo, un simple Tiberio en el ocaso. Un vulgar pervertido que no puede darse el placer de sus perversiones, y de ahí tu enojo para conmigo. En tu última exposición me acusas de muchas cosas, que son una sola. Me acusas de haber sido siempre todo lo horrible, lo bajo, lo asqueroso que, abiertamente siempre fui, y que quisiste y quieres haber sido y ser. Sin saber cuánto cuesta...