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sábado, 25 de junio de 2016

19. Aviso de curva

De pronto el método Magy tuvo una variación. Básicamente era lo mismo, una mesa, Sarah a un lado y yo del otro, pero en la cabecera, en lugar de Magy, una profesora. Así es, clases particulares. Obviamente yo no me cuestionaba ni por qué, ni para qué, simplemente me dejaba llevar y una vez puesto ahí, ni modo, a hacer los tradicionales ejercicios de los cuales hasta hoy no recuerdo absolutamente nada, pero de los que sin embargo dan fe los registros oficiales en donde constan los resultados. Ahora que lo pienso, todo aquello debió de haber consistido en repeticiones inacabables.

Pasado un tiempito surgió otra novedad, la Magy apareció con un regalo para Sarah y otro para mí. O sea, te explico, en aquella época habían pocas ocasiones para recibir un regalo: el cumpleaños, el día del niño, navidad y reyes. Recibir un regalo fuera de esas fechas era tan probable como que hoy Benedicto 16 apruebe enfáticamente el aborto y la zoofilia en un solo decreto, imposible no, improbable sí. Una vez más no me detuve a analizar nada, yo me prendí del regalo con tanta avidez que ni me acuerdo qué le tocó a la Sarah. ¿Qué me importaba?

Era un autito de lata, a cuerda. Tenía forma como medio de fusca, así, ovalado, del que se desprendía el cuerpo del chofer con el pecho y la cabeza fuera, tipo convertible. Una locura total. Encima, le dabas cuerda con ese crac crac hasta llegar al límite en donde el mecanismo se trancaba y, al soltarlo, sus dos rueditas se disparaban en un sonido de abejeo que, ahí en mi mente, era una especie de motor de camión tumba. ¡Mierda, se movía sin que le ande empujando siempre!

En su después me di cuenta, o mucho mejor dicho, me fui dando cuenta de las ausencias de Magy, y solo entonces, inevitablemente, uní los cabos. Había sido que consiguió un laburo, y que el laburo consistía en conducir un programa para niños en la televisión. ¿Y eso qué sería? Intuitivamente no me gustó para nada, pero para nada. Algo le dije a Sarah, pero ella siempre la mar en coche y yo como que mejor me callo que meto la pata. Al final, creo que se lo mencioné también a la Magy, que terminó llevándome con ella al canal ese.

No entendí. Para empezar había mucha gente, unas luces que salían de unos focos de una dimensión que nunca vi, un micrófono del tamaño de un melón sujetado a un armatoste tipo grúa, y la guacha ahí al medio, como si tal, tipo Sarah. Yo detrás de los camarógrafos. De repente fueron celos, es posible, pero decreté que todos los que estaban ahí eran idiotas, todos esos “niñitos”, y todas sus “mamitas”, los camarógrafos también, todos idiotas. No calculé entonces la cantidad de idiotas que iba a contabilizar en mi vida, ni que tendría que revisar lo que entonces me pasó.