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viernes, 20 de mayo de 2016

La voz que tuve

La voz que tuve, cantarina de crueldades
y versos torpes, sabedora del cariño
que había dentro de la chica sin maldades
- que supe y pude reflejar sin desaliño -,

se cae rota de vergüenza en su inocencia
inútil, burda, sin metáfora posible,
quebrando el nombre que sostuvo irresistible
creyendo en vano en la razón de la carencia.

Mas sigo en mí, como erigiéndome en la nada
y sobre todo, como un ritmo que avecina
al hielo dulce que conocen los notables,

sin una sombra - ni la cara acartonada -,
luciendo indócil las arrugas que propina
el ser así: de lo peor, lo respetable.

Dependiendo de cómo lo mirés es que nos vamos alejando o nos vamos acercando. Y es que yo me fui alejando, sin querer, odiándolo casi. Pero me fui alejando desde el primer Re Mayor que me cruzó los oídos, o desde Wish you where here, o desde 62 Modelo para armar; elegí vos. Es fácil, desde fuera, decir que para mí es fácil todo esto. Atribuir al desprecio por el desprecio mismo todo esto que desprecio y que en ningún momento fue desprecio, sino una vulgar y simple cadena de desestimaciones en la que todos tuvimos algo que ver desde siempre.

La historia se repite, pero cada vez menos, aunque cada vez más punzante y grave y tristemente. Una lástima los errores en las pulsaciones, el precio desfasado que siempre está sujeto a lo que determinan los doctos y que en el fondo no reflejan el valor del producto, menos todavía del resultado. Una lástima que me crece debajo de las manos, que trepa ensuciándome los brazos en un sudor de asco y vergüenza, que me obliga a encontrarme culpable de no haber nacido mudo y lamentarme de toda esa mentira hedionda que profesan los hipócritas hijos de puta y de Voltaire.