Printfriendly

sábado, 14 de mayo de 2016

9. Acuoso, violento y ridículo fin de etapa

Yo creí que la cosa con Kija estaba zanjada, pero me equivoqué. Por mi parte, debí comenzar a sospechar alguna cosa cuando Magy me llevó un par de veces a la modista, que la primera vez me tomó algunas medidas y a la siguiente me arrimó al cuerpo unas telas, pero todo tan rápido – creo yo –, que las acciones no me bajaron de las nubes en las que andaba. Nubes de las que sí bajé una mañana (la clásica mañana de sol) en la que la escuela estaba particularmente alborotada, colorida y colorinche. Había niños disfrazados de todas las cosas, la verdad que uno más ridículo que otro y, por supuesto, con sus respectivas madres correteando detrás con parte de sus accesorios, alas, cabezas, etc. Fue ahí que miré a Magy y noté que también llevaba una bolsa con un montón de telas, las telas que había visto y que la modista me había acercado al cuerpo. El montón de telas era, había sido, un traje de emperador chino, y el emperador chino iba a ser yo. Después de haber visto lo ridículo, yo iba a pasar a ser parte de lo ridículo. De nuevo no valieron los llantos; salí, no había tu tía. Kija y Magy, directamente, me parecieron auténticas y soberanas hijas de puta.

Hasta bigotes me pintaron, o sea, ya que vamos a joderlo, jodámoslo bien era el lema. Y aquí es necesaria una confesión y una reflexión: Oh lectores, oh amantes, oh instructores, oh compañeros de tantos campeonatos ganados, Yo, debo confesar... que fui gordito. Así es, “gordito y lindo”, y entonces, por extensión, un boludo, esta la reflexión. Porque verás, si sos un flaco y feo, no te da bola nadie, pero si sos un gordito lindo, te ponen de emperador chino, te guste o no te guste, porque a nadie carajo le importa lo que le pase por dentro a un gordito lindo, ni a tu vieja le importa, y a tu profe menos. A tus compañeritos sí les importa, y mucho, primero por la pinta de mandarina manchada que tenés, segundo porque sos una mandarina manchada que llora, que ya es argumento para reírse todo el verano y contárselo a los nietos cuatro décadas después, si te fijás bien. Pero bueh, me queda el consuelo de que peor sería hacerlo por voluntad, es decir, querer ponerse alitas, trajes de emperador, querer, realmente querer corretear detrás de los hijos con esas cosas y estresarse incluso por esas cosas, como si tuviese sentido. Como si el sentido no fuese más que justificación, y la justificación un copiar pegar.

Después del “acto”, en el que se festejó vaya a saber qué, pero que hay que agradecer no se ofrecieron sacrificios humanos, hubo una suerte de promiscuidad permitida. Esto es, los de preescolar se juntaron con los de primaria en el patio de recreo, con todo el jaleo de las madres y demás, un quilombito. Tal, que Magy estaba hablando con una señora, al lado de la cual había un “alguien”, que para variar me pasaba por cabeza o cabeza y media, y que por el peinado que tenía y por sus rasgos no pude identificar si era varón o mujer. De repente soy estúpido yo y no quiero serlo, quizás eso, pero el asunto es que le pregunto al “alguien” ¿vos sos hombre o mujer? Nena no era, porque al segundo lo tuve encima, y mierda que ligué. De un golpe no fue, más bien con la fuerza del cuerpo, pero el caso es que caí y el cuate quedó encima y daba trompadas de loco aunque no tan desacertadas. Yo le miraba a los ojos, todavía tratando de entender porqué tanto enojo, con la guardia arriba y tratando con el vientre de desestabilizarlo. Al final me jugué y lo atenacé por la cintura y lo volqué a un lado; me grabé bien profundo esa jugada.

Como yo no tenía posibilidades menos mal que las viejas dejaron de mover la boca y movieron los brazos para separarnos. El tío habrá sido de primero como mínimo, o sea que por lo menos tenía siete años, y yo con cuatro le había aguantado bien, de manera que de mi lado era como un saldo a favor y me sirvió para al mirar el patio, tan lleno de gente y de niños grandes, y verlo todo como algo atractivo, después de todo. Definitivamente exponerse, era mejor que ser expuesto, porque lo primero implica voluntad propia, en tanto que lo segundo (exponer a otro) y a esa edad, implica un chorizo de cosas que los que lo hacen “parece” que no captan. Como Sarah (aunque ella lo captaba todo) cuando unos días después provista de tijera y alegando que iba a arreglarme el peinado, por entonces recorte taza, de un saque cortó un mechón de mi flequillo exponiendo como parte del mismo lo que ella denominó “una ventanita”; "una grieta en la estructura", diría Andrea, "un pedo dimensional" se reiría Smarc. Si al menos nadie te ve, una cosa, o si todos te alaban, bueh, por ahí genial, pero si al mirarte se te cagan de risa, ahí como que vas cargando al “otro” por dentro, che.


Así, en la foto de recuerdo de preescolar salgo con la ventanita, obsequio de Sarah’s fashion – aceptamos Visa -, y con una cara de susto que te cagas, con la camisa de presidario, y toda la onda. Durísimo el preescolar, una total y absoluta mierda en cuanto a que no puedo decir “puta qué tiempos aquellos, qué recuerdos hermosos”, pero sí mouse de chocolate con chantillí en tanto aprendí que son los de cerca los que te cagan fiero, por aquello de “si hay algo que duele más que la ingratitud es la incomprensión”. Los otros sabores, menos empalagosos y mucho más duraderos habrían de venir después, las remarcaciones de las fisuras y sus callos consecuentes, como también el dejarlo pasar y el postergar momentos, variables extremas. Como cierre, comento que ese último día de clases, Kija me entregó una carpeta con todos mis “trabajos” del año. Grande la carpeta, la mitad de mi cuerpo era. Al tenerla en mis manos vi mucho tiempo, muchas cosas. Y toqué y recorrí, y escuché algo así como “tu esfuerzo” desde la voz de Kija, con un innegable tono de orgullo. La miré entonces a Magy que estaba también tan feliz. Yo no podía decir lo estúpido que me parecía todo eso. No dije nada. Sentí que mejor seguía callado.