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sábado, 28 de mayo de 2016

13. Café con leche

Pescado frito en un pub de Londres, pierna de cordero en una hostería de Madrid y bife ancho en Montevideo, son algunas de las variables culinarias que suelo evocar en mi mente cuando de vez en cuando me salen con la cantinela - insoportable - de “vos no comés nada, che”, pero que casi nunca verbalizo, por no quedar como el “ñembo valé”, es decir, como el que finge ser más de lo que es. Menos voy a salir a decir que desde que murió Henrrieta no volví a comer una milanesa “de aquellas”, ni hablar de su café con leche.

El mejor café con leche del mundo lo hacía mi abuela. No hablo del cortadito, o el cortado, no; el café con leche. Y tenía su ciencia, porque, como era con leche Nido (en polvo, para los que no lo saben), si no lo hacías bien se te hacían grumos en la taza y era un asco. Aparte, está lo visual, o sea, el color, y ya después el cuerpo, aunque ahí, dado que usábamos Nescafé (no había entonces otro que lo que hoy sería el Tradicional), de repente costaba errar. De todos modos, Magy nunca supo hacerlo, para que veas.

Con Sarah nos tomábamos una taza “de bebido” antes de ir a la escuela, es decir, sin rodajas de pan ni otra cosa. Una taza de café con leche y chau, vamos. Hoy, yo sé que ni la leche Nido ni el Nescafé eran baratos, así que de repente se puede inferir que por eso no había ni siquiera una rodaja de pan, pero creo que era por una cuestión de tiempo el tema, porque ni bien terminábamos de desayunar, cada uno se hacía de sus útiles y ya salíamos para la calle, sin apuro, pero como que con la justa.

Una de esas mañanas, por A o por B, desayuné antes que Sarah, y como gané unos minutos libres, me recosté en mi cama boca abajo. No te hacés idea la sensación. Fue una presión en el vientre, y desde el vientre directo a una parte que entonces no tenía idea de cómo definir. Lisamente una tristeza que te cagas. Obviamente me asusté y me levanté, y ni bien me incorporé la sensación desapareció, así que por probar volví a recostarme y la sensación volvió a repetirse. No se lo dije a nadie. ¿Cómo iba a decir eso, con qué palabras?

Unas cuantas veces más volví a confirmar lo físico-emocional de ese tema. La sensación era horrible, en sí, pero no dejaba de llamarme la atención eso corporal que tenía, y la parte de que yo pudiera provocarlo y también cortarlo. Fue mi primer cara a cara con la tristeza “juerte” y fea, que en su después al dispararse con otras variables menos físicas, sería menos sencilla de resolver, como eso de ver viejitas encorvadas en la calle, y a los perros sin dueño, que hasta hoy me pegan. Fue una ventaja conocerla temprano, porque la tristeza tajea más que el dolor.