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miércoles, 27 de abril de 2016

Cita 10

Como aquella canción de Bono con los The Coors, When the stars go blue, o algo así, ¿no? Ese momento en el que por fin ya sabés casi todas las posibilidades de reacción y, justo ahí, el posible reaccionante deja de estar. Es entonces que todas las predicciones se te caen, no por tu incapacidad de predecir o, mejor dicho, de prevenir tales y cuales ángulos de luz, sino por olvidar lo más básico: que esa luz pudiera dejar de estar. Entonces no es la estrella que muta a un azul triste, sino que muta a ausencia, a algo que fue.


Cuando la ausencia se hace presente a su manera, casi inextricable, casi inaccesible, toda ella infinita de códigos que van desde el absurdo hasta el equilibrio más idiota, con toda esa carga irracional como teológica, y de esfuerzo teosófico y de sandeces metafísicas que te obligan al despilfarro muscular como a la más alta de las borracheras, es cuando también se da la oportunidad, tantas veces única, de la prescindencia, de la completez de prescindir. Como si al no tener a quien hablar se te despierten, mágicamente, los oídos, a pesar de recordar continuamente el sonido de su voz susurrando notas.


No sé, quizás, al final, como al principio, todo está sólo en nuestra cabeza. Quizás todo sólo sean cosas que están en la cabeza de todos, las ideas del tiempo, las emociones, las sensaciones nerviosas, y todos los engaños y todas las certezas no sean más que acomodamientos de algo cercano a una imaginación que comenzamos a comprender, y de la cual nos alejamos cada vez que no aceptamos la absoluta despertenencia del que tenemos al lado aunque adoremos su supremacía de cualquier tipo. Puede que ese primigenio deseo de pertenencia sea el disfraz perfecto de un vulgar deseo de sujeción.