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sábado, 16 de abril de 2016

6. La revelación



Supongo que para aquel entonces ya habré tenido al menos un par de esferas. También supongo que ya veníamos jugando ahí en la escuela, pero la verdad que no recuerdo nada antes de aquella mañana en la que ocurrió la revelación, y hoy, tan sólo puedo deducir detalles de ese día; como que necesariamente habré tenido que vestir el uniforme (short o pantalón azul) y una especie de camisa a cuadros que parecía de presidario. También te pongo la firma de que llevaba medias de toalla color blanco, y championes Forward, tipo botín (los de loneta negra y de suela blanca).

La cancha se había volcado hacia la derecha, debido seguramente a que la mayoría de mis “compañeritos” eran diestros y estábamos en posesión de la esfera llevándola hacia arriba, empujando hacia la mitad del terreno, mientras el otro equipo aguantaba. Que yo esté sólo por la izquierda debió ser porque no estaba muy entendido en el lío, o a que a lo mejor lo entendía y no le encontraba sentido, o a las dos cosas, y que a eso le sumé que si me metía lo más probable era que iba a ligar una patada y el tema terminaría en sopapos.

El caso es que del enredo aquel la esfera se salió disparándose hacia mí. La vi venir y no sé cómo ni de dónde, pero la bajémpujé (así habrá de escribirse) con el pecho hacia delante, y al levantar la vista encontré un claro enorme hasta el arco. Fui otro, directamente. Corrí llevando la esfera que parecía reírse, jugar conmigo, y yo sentía una cosa que no podría explicar, no sé, Pitágoras con sus triángulos o Fernando Alonso con el volante de su Ferrari 2011, al tiempo que de reojo capté a la turba viniéndome encima. Y el arco al frente.

Cruzado, se dice. Y me parece que ahí me curé del “me payece que me duele mi pie”, porque la esfera chutada desde un empeine zurdo fue de izquierda a derecha, y de abajo a arriba, cruzó el arco al tiempo que mi grito de gol me llevaba a un estado como de inconsciencia y de por fin estar en la tierra, entre la gente, entre mis “compañeritos”, que me abrazaban, me palmeaban, mientras yo todavía podía sentir la esfera viniendo/ el campo abierto/ el cruce allá arriba cerquita del palo/, como todo al mismo tiempo. Y encima los otros, contentos.


Dicen algunos que el trabajo de los niños es jugar. Yo comencé a trabajar con la esfera, y mierda que era dedicado, me mataba trabajando, si me dejaban, trabajaba hasta por las noches. Aunque todo trabajo tiene sus recesos, y ahí entraban el Polibandi y el Tuca’ê, (en mayúsculas) ligas menores, que entre sus particularidades incluían el aceptar a mujeres, lo que conllevaba otras variables. Porque, cosa una cosa mujeres mayores, cosa MUY otra, hembritas de tu edad. Yo lo intuía, pero había que vivirlo. Poder decir en algún punto de la vida, no lo leí, estuve ahí, ¿se me entiende?