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viernes, 1 de abril de 2016

1. El patio

Desde la mitad de la casa y hasta el fondo todo era un patio largo, muy largo, que se dividía en tres franjas rectangulares. La franja del medio, de piso de ladrillo, se extendía casi hasta la pared del fondo; a la derecha, la franja era de tierra oscura, con una hilera de tres árboles de mango separados entre ellos por cinco o seis metros de distancia. En la franja de la izquierda, primero estaba un gomero de raíces saliéndose del suelo, luego, una extensión de pasto y un enorme árbol de aguacate macho, seguido de un árbol de aguacate hembra.

También había un naranjo allá en el fondo, pero más bien no existía por lo chiquito que era y porque, a diferencia de los mangos y los aguacates, nunca daba fruta. El aguacate macho se comunicaba arriba, por lo frondoso, con el último de los tres árboles de mango, formando entre ellos una especie de puente aéreo a mitad del terreno, haciendo una sombra espesa durante todo el año sobre esa parte de la franja de ladrillos que quedaba debajo, por lo que en ese sector el piso era un poco más oscuro y donde incluso solía crecer algo de musgo.

Yo solía jugar en la franja derecha, entre el primer y el segundo mango, en la tierra. Normalmente hacía una montaña que comenzaba así, pelada, sin nada, pero a la que le iba agregando árboles y rocas, o sea, algún pasto y alguna piedrita. Luego se formaba un sendero, por el que se llegaba desde el pie hasta la cima. El sendero derivaba en una pista recta y larga primero, luego lleno de curvas con hondonadas y accidentes varios. Ya en el tema, la cosa era una carrera de autos y, como no tenía muchos, cualquier semilla seca completaba la grilla.

También estaban los soldaditos, invariablemente de color verde, y los indios de color marrón tirando a rojizo. No sé por qué, pero los de verde siempre ganaban; ahora que lo repaso, supongo que por que las metralletas y granadas que portaban los uniformados eran superiores a las pobres armas de los indios. Pero bueno, el caso es que como sus posturas eran rígidas, la cosa iba más por armar una escena que por desarrollar un combate. Fue así que comencé a hacer trincheras, y de una trinchera cavada con una cuchara pasé a una laguna hecha con una palita de jardinería.

Aunque emocionante, lo de la laguna también era arduo y frustrante. Primero, porque acarrear el balde de agua era más que complicado, tenía que usar los dos brazos para avanzar metro a metro, y la canilla me quedaba lejos. Segundo, porque el agua una vez volcada en el pozo no duraba nada, tal que ni bien la laguna estaba hecha tenían que matarse todos ahí rapidito y sin perder tiempo. Ahora, ya sea con montañas, autos o soldados, era un jugar solitario - entonces jugaba solo - que implicaba un territorio, el patio, donde imaginaba lo que quería, lo que podía.