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martes, 22 de marzo de 2016

Romance del enviado

Cuando el vicio de escuchar música y el de escribir se juntan...

***

Detrás de mí se desparraman los presagios
que me brindaron los profetas en mi infancia
- ese que dice que jamás la encontraré,
y aquel que anuncia mis aciertos como dagas
despellejando a quien se pruebe con el hambre
que me define con un fuego en la mirada -.

Jamás les hice demasiado caso, nunca,
aunque no son pocas las veces en que dudo
si acaso es cierto que mi suerte se dictó
sin que mis huesos y mi sangre en este mundo
tengan la fuerza de trazarse su destino,
aguanto y sigo derribando cualquier muro.

Frente a mis huellas se dibuja lo que viene
con todo el peso de las horas esculpidas
desde la fe que se razona y que convive
con la pasión que sólo sabe de la dicha
que se merece y que se gana por honestas
que fueron todas las batallas no descritas.

A mis costados los vestigios de ese sur
que vio nacer a los amores de mi sangre
como marcando lo difícil de olvidar
la geografía que limita a los infames
y que no es más que sujeción que les estampa
el ser idiotas que no saben de estandartes.

Y en todo el aire que no puede con mis celos
está el color que no se nombra y que sostiene
a diez mil diablos y sus ángeles con lupus
labrando el brillo de mis puños que no ceden
si quiera un gramo del camino ya sin yugo
que me gané como se gana quien no teme
perder la risa que le envidia alguna núbil
cansada y harta de no ser mujer de muerte.

Por esto el canto que persigo con mi lápiz
tan solitario como el dueño que lo porta,
y como el mismo, sepulcral sanctasanctórum
que ríe el tajo que defiende cuando llora
esa distancia que le aleja del imbécil
y que le acerca y que lo cerca con las sombras
hasta marcarlo con silencios en el fémur
los verbos huérfanos que nacen en su boca.

Por esto el beso que me guarda Venus, dulce
después del fuego de la hoguera de Giordano,
cuando los simples van quedándose en el lodo
y los notables se permiten el abrazo,
cuando por fin nace y se expande la alegría
como espiral de luz ardiendo por sus flancos.
Para que el rostro enaltecido por tus iris
sea de paz y de vendimia sin soldados,
mientras recreas y procreas, casi dócil,
generaciones de poetas y de santos.

Porque sumando tantas muertes el vivir
nos va marcando qué sucede en la flaqueza,
cuánto perdemos si las ganas en el campus
fueron por oro y los adornos que empoderan,
y qué ganamos si cuidamos de la tribu
- que nos cobija - con el alma en cada letra.
Porque al final de la mañana y de la noche
todo es un tiempo que se acaba y que comienza
en ese instante que sucede y es "ahora"
que mi silencio deja ver este poema.