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miércoles, 2 de marzo de 2016

¿Qué tan tangible en tu vida es alguien que jamás te pidió disculpas?


Cuantas veces se me quebró la mirada
y de todos modos avancé en la fila,
porque alguien tenía que hacerse cargo del castigo
de los daños sin origen
- aquí caben la fortuna, el destino indócil,
esa voluntad del dios sordomudo -
y sonriente y compungido tragarse los mocos.

Nunca me costó demasiado, es lo cierto,
poner el lomo y que me lluevan latigazos,
porque de algún modo así volvía a vivir
la sonrisa de mi hermana,
que no cobraba nunca
porque el que ligaba era yo
- para la mano del viejo sólo había un culpable
y a mí lo que me importaba desde el latido
era que ella sonriera, no me preguntés por qué -.

En un después, cuando llegó el tiempo de cofradía
me tocó asumir el sótano y, en lugar del cintarazo paterno,
la vara que prueba la primera ley antisocial: no delatarás.

Ya en semifinales, putamente arrodillado y en público
otra vez a pedir perdón, y dale con los testigos y fotógrafos,
y el canillita del barrio: extra extra dualidad de rodillas dualidad de rodillas,
masturbándose en su venta hasta manchar el puto monitor.

Yo no sé, entonces entiendo: que si sumo y resto en una relación, cualquiera sea, amistad, noviazgo, matrimonio, persona/mascota, mascota/persona,  cuántas veces he pedido disculpas y cuántas veces me la pidieron, discierno si me relaciono con Dios... o con alguien como yo.

***

Uno: Cuando mi vieja me pidió disculpas por cómo me crió, yo la mandé al carajo, porque me superó.

Dos: Siempre que me señalaron un error, más allá que lo entienda o lo acepte o lo internalice, he pedido disculpas. Creo, ya me dirán, si corresponde, en qué caso no lo hice.


Tres: En así las cosas ¿qué tan tangible en tu vida es alguien que jamás te pidió disculpas?