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sábado, 20 de febrero de 2016

Para solitarios

Se cansaron los bares
de mi risa y mis saqueos,
se hartaron las cabinas
de todas las mezclas que inventé,
y se llenaron del color de mis ojos
la diez mil veredas de mis madrugadas.

La primera biblioteca
tan gorda y anciana en un principio
terminó siendo raquítica y pobre;
la última
con apenas una centena de libros nuevos
pesa más de siete mil años antes
de contar la mitad de sus integrantes vivos,
y todo esto, ahora que lo siento bien
no es más que la sucesión normal de las cosas.

Me aíslo profundamente de la risa fraterna que profesan los judas sin estilo.
Y junto plurales baratos
como basura seca al borde de mis barracas
para poder ver arder sin remordimientos
los huecos intensos de tanto zombi emocional.

Me alejo aún más de  cualquier promesa dictada por quien llora.
Como esos paranoicos que disfrutan de escotes y pómulos marcados
pero esconden:
el número de teléfono
la mentira dulce que conquista
los celos del aprendiz
la presumida prescindencia del experto cruel,
no por vanidad
sino por instinto de conservación.

Porque si bien son pocos
los aptos para dar su vida por alguien,
son todavía menos
los que están dispuestos a entregar su forma de vivir.