Printfriendly

miércoles, 17 de febrero de 2016

¿Intérprete, arreglador o compositor?



He conocido alguna vez y en su momento la emoción del intérprete. Esa extrema sensación de estar al borde de admitir o no admitir que toda la vida será un fracaso porque el ideal sencillamente nunca será alcanzado. Por supuesto está el consuelo que utilizan algunos maestros: "practica de tal modo que no puedas tocar mal". Pero, no poder tocar mal no tiene nada que ver con llegar a tocar perfecto. Tocar sin errores sólo te garantiza el aplauso, la emoción ajena, incluso la admiración y esa cuota de respeto que inspira la combinación de talento y disciplina. Pero nada más.

Del otro lado, y no menos extremo, pero mil veces más injusto, alguna vez y en su momento estuve del lado del arreglador. Dos golpes inesperados de caja y el golpeteo del ritmo te cambia, tanto, que se vuelve vicio. Una misma secuencia melódica de cinco o siete notas en la cual, al repetir cambias el la por el sol y la canción muta dramáticamente. Ni hablar de arreglos invasivos, de esos que en donde no había vientos lo llenan de metales, y en donde no había más que guitarras hacen aparecer chelos y contrabajos. Y, también, las piernas, las mujeres.

Como se ve, interpretar lo ajeno está destinado al fracaso - no me jodan -. Intentar algún arreglo puede tener un resultado fantástico como también desastroso, y mejor/peor aún, al público le puede gustar el arreglo, al autor no, y viceversa. Lo cierto es que son muy difíciles de hallar los casos en los que autor, intérprete y arreglador convergen en una feliz trinidad, a menos, claro, que esta trinidad se componga de una sola persona como la deidad de los cristianos - que sólo la entienden los cristianos, sin ofender, me crea -. Pero todo es posible, lo sé bien.

Por mi parte, he decidido limitar mis interpretaciones y mis arreglos a los octaedros de siempre, los que nunca fueron considerados en eso que llaman, justamente, círculos. Se entenderá, los menos fanáticos o, justo los más fanáticos, entenderán que lo natural es que a todo intérprete se lo interprete y que al hacerlo, cada cual que lo escuche, íntimamente, genere posibles arreglos respecto de eso que entonces se le manifiesta. Porque, finalmente y desde un principio, todos somos intérpretes y todos somos arregladores, sólo que algunos somos más bulliciosos que otros. Pero todos somos intérpretes, y todos tenemos arreglos que ofrecer.

Ahora, ¿y si cansado de interpretar y arreglar me decido a componer? Ese día en el que componga un viaje por afuera de los sonidos y un cuento largo acerca de las abuelas que no tuve. El año multiplicado por tres en el que pinte al óleo por qué fumar fue bueno si mi novia se llamaba Mildred, o la sonata "La primera vez que evité una lágrima". La verdad, no sé cómo sería despegar los ojos de la prisión que es cualquier partitura ajena y comenzar con la libertad de un pentagrama en blanco. Supongo que se precisa ser sincero.