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domingo, 1 de noviembre de 2015

Fante y Elliot

Fue una debilidad mía, no es posible explicarlo de otra manera. Sí, no pongás esa cara, una debilidad lisa y llana. Claro, ya sé que estarás pensando en todo ese historial de mi carácter, las peleas de los viernes en la escalinata por unos billetes, o sólo por diversión, por adrenalina. En los años laburando en el puerto, con ese gremio horrible en el que lo insoportable era lo cotidiano y sin derecho a queja. Y, por supuesto, en la crueldad mental de la que siempre me hice cargo.

Pero, ahora, preguntate lo siguiente, ¿qué pasaría si efectivamente yo tuviese razón en todo ese tema de Fante y Elliot, y no solo eso, sino que además no padeciese del síndrome de Raoulf? Alto, yo también pude llegar a pensar, sentir y hasta decir, que la conducta provocada por Raoulf era perdonable considerando todo lo demás, todas las otras tantas cosas. Sin embargo, y aquí la sorpresa, tanto Helene como Eunice, me verbalizaron exactamente lo contrario, que todo lo que hacía bajo el efecto de Raoulf echaba a perder lo realizado en los otros ámbitos. Es decir, lo peor de Hyde siempre superó a lo mejor de Jekyll.

No, no te preocupés. Estoy entrenado en esa escuela de que “puede ser grave, pero no serio”.

Como sea, bien pudiera ser que se trate de dos bandos, y cada uno de ellos con razones y considerandos de indiscutible peso y medida. Bien, así las cosas, siempre habría la posibilidad de que un juez, completamente ajeno al juego, dicte su sentencia sea a favor de Helene y  Eunice, a favor tuyo o, resultado extremo, que declare un empate. Pero vos fijate sólo en lo siguiente, en cuán devastador sería para Helene y Eunice que el pleito terminara en empate o saliesen perdidosas. ¿Vos te imaginás cómo se les cae la casa?

Yo no sé qué iría a pasar cuando finalmente se enteren de que jamás padecí el síndrome de Raoulf, y por esto creo que es mejor dejar las cosas como están, ni siquiera pienso en la posibilidad de fingir seguir un tratamiento por el cual, entonces, me vuelva “normal”. Sí, como te digo, y sé perfectamente cuán horrible es lo que te estoy diciendo, jamás padecí de Raoulf. Aquí ya no sé, ahora que lo digo, si eso que comencé llamando debilidad no es más bien cobardía.

Helene, la dulce Helene. La esforzada Helene. Helene, la sacrificada. Mientras yo, el eterno hijo de puta incapaz de apreciarla, de valorarla, de ponerla en el más alto de los altares y poner a sus pies, cada día, cien orquídeas chinas. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo decir sin decir? ¿Cómo cagarme en Helene sin confesar que aunque para miles sea una diosa eterna, para mí lo fue, pero sólo por un tiempo? ¿Te das cuenta cómo calza entonces Raoulf?

Como ves, en un punto Hyde haría imposible que Helene pueda vivir con Jekyll. Jekyll tendría que marcharse sin dar demasiadas explicaciones, sobre todo esto, sin dar demasiadas explicaciones. Porque cuando uno es el culpable, acepta la culpa y asume la sentencia. No hay más.

Dado su entrenamiento, Eunice no me preocupa nada. En cuanto a vos, espero entendás lo difícil de mis chances, cómo yo solito me aquilombé hasta las manos, cómo nuevamente se me hace fundamental encontrar un apoyo en la cuestión de Fante y Elliot.