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sábado, 13 de junio de 2015

De la manipulación


Es difícil manipular sin la culpa por delante, o sin la promesa de un premio más al frente. Como siempre, es fácil decirlo, puesto que lo difícil es darse cuenta, pillarlo. Es como los cuernos, o la locura, el afectado es el último en enterarse y, lo mejor de todo, es que cada cual tiene su modo de reaccionar cuando capta esa parte de la realidad que desconocía por completo, o que se negó a aceptar hasta llegar a ese punto en el que la destrucción se hace tan grande que no hay otra que revisar los errores en el libreto.

Yo ya estuve en ambos bandos. Manipulé sin escrúpulos - el que manipula nunca los tiene - cuando busqué un resultado, y me dejé manipular - no a conciencia - también por obtener un resultado, como también por evitar otro. Hasta que de pronto lo vi, y fue como despertar de una borrachera y asumir la correspondiente resaca, con una mezcla de arrepentimiento al reverendo pedo, y que sin embargo invita a hacerse presente, inevitablemente, a la humildad; con un malestar tan intenso que se hace necesario el "bah, a la mierda, no es para tanto", mientras pasa el sanador Cronos.

Eran otros tiempos, yo era muy chiquito y era prioritario si no ganar siempre, al menos no perder nunca. No me justifico, sólo me explico, y dominando como nadie el asco hacia las explicaciones de la conducta, cosa que a tanto docto y a tanto imbécil sigue interesando. Ahora ya no me importa. Ahora, cuando veo un intento de manipulación sonrío por dentro y dejo que siga la trama, como sin enterarme. Ahora lo difícil es no contestar, contener la reactividad, percibir la presión de grado 10, tener la capacidad de responder con grado 101 y, sin embargo, abstenerme de hacerlo.

En así las cosas, el juego, que jamás dejó de ser cruel, y que quizás por ello sigue siendo intenso, se ha convertido en algo mucho más limpio, como más solitario. Quedan pocos participantes y el discurso se reduce. El erudito como el inocente, encerrados en un egoísmo inmaculado de todo egocentrismo batallan un ensimismamiento del uno sobre el otro sin levantar los párpados. El filósofo y el teólogo sonríen mientras se hacen tajos profundos en los pómulos. Y el chico y la chica se miran de soslayo, sopesando largamente la tremenda distancia que los separa y que los vuelve uno.

Desprendido - aunque no desaprendido - del arte de manipular, uno pisa más firme y más solo. Aprecia a todos aunque quiere a menos gente. Toma menos, también, y da mucho más, porque entiende que ese es el flujo natural aquí, aun cuando esta "naturaleza" que porta pudiera sentirla, por influencia de afectos, como injusta. Aunque el final del camino sea el mismo, camina más alto el sendero el que deja de manipular que el que nunca lo hizo; y el que manipula, sin poder avanzar, sólo da vueltas alrededor de sí mismo, sin imaginar la potencia de un egómano capaz de sonreír.