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miércoles, 25 de marzo de 2015

Para marcar la distancia

Esculpe mi pasado
atándome a un futuro repetido
de árboles genealógicos que se pudren de sí
en una estela de odio y carencias
que cabrían en los bolsillos del peor de los pordioseros.

Por un poco de sexo y su fragor
acomoda tu poquedad a lo que aspiro,
limítame los músculos
a tu condición aprendida de reprender
eso que escapa a tus tendones.

Enséñame de nuevo el asco más puro,
vomitar de uno mismo cada vez
que mi mano busca una espalda, un vientre
gozándose en recibir y poder entregar
su capacidad de puente a otros cielos, otros
cualquiera sean.

Dime ese comentario del fracaso,
marcando con tinta indeleble cómo nunca doy la talla.

Yo me agacho, todo esto es invención,
y recojo los pedazos, como puedo
de lo que fui antes y después de haberte amado,
cada gesto que di en la madrugada
y todas las noches que me pasé armando cifras,
cada vez que mi espalda se erizó
de tanto hueco habitando en mi pecho.

Yo me espero en la astilla
levantándole la frente a cualquier lluvia
asumiendo la torpeza, el odio,
como si tu nombre, fruta casi podrida
pudiera con mis tendencias suicidas de monje novicio
por decirme el vacío y el absoluto,
ese lleno que sangra en los ojos
cuando sonríen los notables.

¿Para qué?

Para marcar la distancia
que marcan los sinceros.

Para que cuando busquen un culpable
ése sea yo

y entonces

alguno entienda
cuánto verbo ofreció

el que se cagó siempre en adjetivos.