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sábado, 13 de diciembre de 2014

Era




Era un cansancio grave y hondo, de los que nunca se paren de golpe, sino que se van construyendo con la fiereza de los días aprovechados y la nostalgia de las noches ganadas por cruzar y ampliar distancias más allá de la imposición gregaria que desde su terror proclaman los maestros de la nada.

Era un entusiasmo anciano y tórrido, de esos que crecen si el terreno es cicatriz e incapacidad para el olvido, de los que sólo caben en la boca del que sabe callar la bajeza ajena pero no la grandeza del otro, de esos que son coherentes con las ojeras y con la mirada que va más allá de los ojos que la portan.

Era una madurez irreverente, insalubre para quien vive con 2.000 calorías al día, un montón de mensajes de buenos días por contestar, y una nada de tiempo para estar a solas de espaldas al espejo, respirando esa condición catedralicia de lo que son las manos cuando se convierten en muelle y los barcos duermen mar adentro

Era la caída más alta, el caos primigenio en las fauces del animal emergiendo del abismo mordiéndole los pies descalzos con sus ojos de tigre encerrado avizorando la primera mañana con la posibilidad de sus iguales ardiéndole en el vientre.

Era mi nombre alcanzando el verdadero con el tuyo astillado en la garganta.