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jueves, 4 de diciembre de 2014

Ahora que tengo



No me alcanza el cansancio
-y cómo duelen los abductores, la cicatriz
y el posterior, que jala dibujando el miedo
en un corazón que a 110 lpm no cierra los ojos-
para encontrar en el reposo algo de descanso.

No puede mi pie sobre el futuro
borrar la huella de la falda que sale a la noche
dejándome a cargo de dos esperanzas
durmiendo protegidas por mi pecho cerrado
a nada que no sea dación a prueba de históricos.

No me da el estómago
-ermita de un hambre sagrada y pura-
para ceder al deseo de morder en la carne
de quien prosperó en mis naufragios idiotas,
ahí,
cuando tenía metáforas de pólvora y plata
chispeando notas insolentes en mis tobillos.

Me cabe, así y entonces
las lágrimas que portan los chitas
cuando soy ellos y ellos en mí en el acecho;
quemar grasa primero y luego músculo
destrozando neuronas
-y ojalá los sentimientos de hormonas ebrias
de dejar atrás la normalidad de la verdad-.

Me quedan las sábanas limpias
aguardando a que salga de la lluvia ardiente
que moja el templo que fui
antes del rebaño furioso y carenciado
que encontró en el daño el placer,
para que desde el fango comprenda yo la altura.

Ahora que tengo
la escala de grises acomodada sobre mis hombros
me sobra, sin sobrepasar el poderío de mis manos
qué puedo y qué soy ante mí,
el sonido de mi nombre y el de mi voz cuando lo dice

cuando te llamo o te desestimo.