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viernes, 14 de noviembre de 2014

Sun day



Entonces era puro y sencillo el Adriático
con un aroma a sal primera y juguetona
llenándome el cabello de silencios tranquilos
porque yo era en la calma una luz tras las puertas.

Pero vino ese dios y reposó
en lugar de un domingo y sólo uno
millones de semanas y por siglos
como si no tuviesen ya valor
la palabra empleada, las promesas.

Continué caminando
callándome la queja sin respuesta posible,
perdiéndome sin ganas en esta realidad
que con esfuerzo anciano apenas la concibo
como un juego de pérdidas y ganancias vulgares,
donde pierdo mi voz
y de la ausencia gano su peso y su desgarro.

Dios también juega, pobre, completamente sordo
se le caen las fichas del tablero
se le escapa la suma y resta con errores,
mientras yo, sin apuros
enciendo los carbones y dispongo la grasa
encarando su cielo y los huesos mirando
lo rojo del infierno.

Bebo cerveza; escruto la idea del cronómetro
recordando clepsidras en mis tiempos de Abdera,
atisbo la cojera indemostrable
que unos pocos cristianos decidieron divina,
atizo el fuego y vuelvo a mirar a las brasas
que resultan palabras que nunca se mencionan,
y me sostengo solo por afuera de amigos,
de visitas horribles que rían lo fraterno
desde la cima inútil de tener a la mano
alguien con quien llorar.

Fumo sin olvidar lo que tanto se ha dicho
que ensucio mis pulmones
-que hasta me vuelvo impuro-,
"pero no es lo que entra"
y es aquí que me río
de leer y saber lo que nunca fue gratis,
y también esos panes consagrados
y el hambre y el ejército
y un cigarrillo más, y otra cerveza más,
porque es domingo y yo nací para los viernes.

Ahora algo me dice que detenga
el discurso de fe sobre el absurdo,
que voltee la página y me centre
en las horas que quedan por vivir
entre tanto vacío adornado de nadas,
que distienda mis músculos y fluya en el error
de pensar el afecto de un dios equivocado,
pero sin testimonios arañando un papel
sin esa vanidad del estilo y la saña
que marchitan al sol y destiñen la luna
que vos no generaste, dualidad,
que se te escapan siempre de las manos
como un río de aire que burla los espejos
y se te arremolina
al costado inasible de los ojos,
ahí donde no llegas y que buscas
como sabiendo con certeza casi
que no existe otro sitio sino aquel que no ves.

Otra cerveza ahora, ahora otra cerveza
para que la tensión te gane la mirada
y de nuevo los hielos en los gestos,
la precisión autómata de los momentos justos
que no compartes nunca por creer
que todo va de cerdos y de perlas,
porque masticas miedos y rencores
al intuir que alguien
pudiera también ser estar y parecer
del lado sin colores de los días,
porque está la sospecha de que nunca fue igual
ni para tu osamenta ni para la que llevan
los que esperan las luces
que no sabes mostrar sin destruir.

Se cae, pobre dios, borracho y solo
en toda su creación,
ya tan viejo, tan ciego que no puede
ver a sus hijos, ebrios como él,
llenarse los pulmones con pólvora y acero
-el humo pesa poco-
comer hasta engordar como vacas estúpidas
-el alcohol alivia tanto el hambre-.

Pero está, siempre está
donde estén dos o tres reunidos en su nombre,
y aquí cerca, en la esquina, hay un montón
cantando con micrófonos, parlantes
guitarras y panderos el domingo,
y la grasa danzando el crepitar
de su beso de entrega sobre el fuego,
la cerveza que cambio por un whisky
y acompaño con humo y nicotina,
la voz que determina no me calle
la que ordena el silencio primigenio,

todo esto que me hunde y que me eleva
hasta el dolor del cuello,
hasta apretar con ansias los dientes
y obligarme a sentir
una paz de mil filos, un respiro
de gatillo que así va prescindiendo
de motivos y crueles circunstancias.