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domingo, 28 de septiembre de 2014

Días iniciales



Un temblor en lo fino de lo hondo
ahí donde lo sólido te miente
y es en lo blando y fértil de la noche
que todo es pequeñez casi insondable,

una caricia atroz de inmerecida
que resulta por ser premeditada,
y el reclamo preciso del espejo
que no quiere admitir separaciones,

el modo de lo largo que se estira
hasta el ombligo sacro de los solos
por no poder jamás
encallar sin sonidos estruendosos
en los labios granates de una puta,

ese cansancio anciano
que sabe tanto a pérdida o derrota
y que mueve la rosa de los vientos
cuando por el debajo de la piel
sólo bullen motores
que desconocen ágiles
de cualquier detención.

Este minuto inquieto
que no puede saber
a cuál de los platillos de la balanza ir
sin renunciar a ser el fiel al que aspiró
cuando los pesos eran pocos pero magníficos,

ese dominio fácil sobre el agotamiento,
y lo trunco y la tos,
y el estuche que guarda silencios dentro suyo,
y lo que no se dice y se avizora
como la lluvia plena con los meniscos rotos,
como la boca en quiebra por la sed
y las manos regándola con whiskys
de más de doce años.

¿Alguien, entonces alguien
capaz de comprender el hielo de mi cuello
cuando digo ceniza contando de la nieve?
¿Qué pudor destrozado
podrá cruzar mi pelo de terrible azabache
si desde mí no quiero que me manchen los idus
con el beso mordaz
con que besan los muchos?

Largo como un ombligo
y tan cerca del límite
como estas manos sucias
añorando los ascos de tus días,
aquella mansedumbre
en el que era tu Dios y tú mi pueblo,
cuando todo era angustia
y era yo la fe misma,
porque ignoraba tanto de qué tono va el hambre
cuánto se desacierta al acertar
el nombre de lo justo,
y porque sí, sabía
que a las sombras se ganan
brillando en estallidos que con pocos compartes.