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sábado, 23 de agosto de 2014

Yo era joven



El asfalto sentía mis pies de caucho
circulares, nuevos, como a estrenar,
y yo buscaba la huella en la ruta
como si el tiempo se tratase de una ecuación
que se resolvía con velocidad.

La noche era un regazo tibio
que me permitía la violencia
de la sed de mis gestos,
el hambre que en mis ojos
buscaba hacer diana, siempre, en una chica prohibida
- de esas que te hacen provocar peleas sin más armas
que las que te dio dios, quién sabe desde dónde,
quién sabe para qué-.

Yo era entonces con mi ropa y con la música
una combinación de agobio y de asombro,
y con el maquillaje, vamos,
un Tyson subiendo al ring sin medias,
para no mencionar a las palabras que entonces
-Hemingway, Faulkner, West, Pierre Bayard-
me sangraban en las manos carentes
de una espalda sobre la cual volcarlas.

Yo era joven,
me burlaba de la primavera, del invierno
del calendario de los hombres gregarios,
y sentía en los nudillos la calma
que hace la estatura del egómano suicida (así me llamó una mujer),
en la boca el ácido que casi es veneno
y en cada parte de mí
sentía
que todo era un juego que apenas empezaba.

Hoy,
después de haber fundado
a menos mujeres que Valentino
y a más de las que se consiguió el monseñor paraguayo y presidente,
qué poco el saber y qué antigua la memoria
y,
sin embargo
qué maravilla lo audaz de la ignorancia,
qué pasada navegar en el sonido
como se navega en un perfume

aún

con tanto fracaso y tanta gloria
reconocerse en los amigos, pocos,
y en los hijos, muchos,
como reconoce un color en la paleta
el pintor que logró el granate
de tanto vivir el rojo del azul.