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lunes, 17 de marzo de 2014

El otro diario



Suena la alarma de mi teléfono y dice "Lavar la ropa". Tiene su gracia, incluso su toque mágico, porque lavar la ropa es colocar la ropa sucia (que tampoco lo está del todo) en un tambor, echarle un poco de jabón en polvo, luego girar una perilla y listo. Gracia mágica porque en el campo la ropa sí se ensucia, y hay una destreza difícil de conseguir en utilizar el jabón de coco en pan y las piedras al lado del arroyo para que todo quede realmente limpio. ¿Qué pensaría ña Segunda si me viera lavar mi ropa en el coso este?

Obviamente, luego de terminado el proceso es que me acuerdo que tengo que revisar los bolsillos. Y es notable, una vez que abro la tapa lo primero que veo es un billete de diez pesos. No es raro que me acuerde de lo que habrá de pasar, no es raro el dejavu, tampoco, y sin embargo tan intenso, tan real como absurdo, tan matrix casero para un Neo miope que detesta las gafas y que no tiene una mina vestida de cuero enamorada porque es el elegido.

Saco la ropa del tambor y la coloco en la secadora. Es de noche, ña Segunda, pero yo puedo secar la ropa sin tenderla y sin necesidad de sol. Ña Segunda, con el cigarro po guazú en la boca, me mira sonriente, divertida con mis ocurrencias de citadino. Me mira en guaraní, desde su pelo largo y negro azabache, del que no me permito verle las canas. El secreto está en extender las prendas, no se vale ponerlas hechas un bollo, ¿ves? Acomodo el jean, la camisa, los calzoncillos, las remeras y las medias. Giro una perilla y aprieto un botón. La máquina ruge tranquila y tiembla un poco. Ña segunda me regala una carcajada, escupe a un costado.

Después voy hasta la heladera y de la nevera saco la cubetera de hielo. Cargo doce cubos en la hielera mientras la miro de reojo. El hielo siempre fue un espectáculo para ella, quizás por su marido, que le contaba del hielo las veces en que con paíno surgía desde la heladera a gas, a trozos desordenados, picados con cuchillo, y que enfriaban la caña de menta. Viéndome hacer, ahora parece niña, por un instante, por fin, le parezco mayor.

Saco dos cubitos de la hielera y lo vuelco en el vaso, cubro los dos cubitos con whisky, me siento sobre la mesada del fregadero de cubiertos y abro la ventana. Con mis oídos aptos para el chelo controlo el funcionamiento de la secadora. Noto que estoy mirando el piso, así que enciendo un cigarrillo y por un instante me fundo en el humo. Cierro los ojos deliberadamente y giro la cabeza hasta que la ventana me queda enfrente. La descorro y me fijo en la luna; llena, completamente llena. Bebo un sorbo de whisky, le echo una pitada, y sé que ña Segunda ya no está ahí donde estaba.

Recuerdo las dimensiones, me acuerdo a veces de las cosas que pasarán. El dejavu suele ser intenso. Así que vuelco la mirada y miro su ausencia y no, no duele, pero uno se hace preguntas, sobre todo cuando no duele. Cuando no duele, no, me corrijo, cuando deja de doler es que suelen aparecer las respuestas, o a lo mejor al revés. Lo cierto es que las respuestas siempre están cuando deja de doler, y viceversa. Como esa cuasi simultaneidad del dejavu.