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sábado, 1 de marzo de 2014

Bloques de hielo en el futuro

Con ella es diferente porque desde el primer momento hubo una rutina en la distancia que no dio posibilidades a reclamos posteriores. Contigo, en cambio, la cercanía del inicio implicó su continuidad, que no pudo volver a darse más allá de las intenciones mías, tuyas, del papa Francisco. Lo sé, el tiempo huye, el tiempo es tirano, el tiempo es dinero, como también sé que el tiempo es cualquier cosa menos pasional, y es en la pasionalidad en donde mi lenguaje se acomoda mejor a mis modos y a mi manera de mirar el vacío y el lleno de cualquier habitación.

A diferencia de mí, a ella como a vos el equilibrio les viene de forma congénita. Llevan consigo tonos y semitonos ajustados a un pentagrama que ignora de errores, como también de sonidos nuevos. Desde la imposibilidad del error no pueden sino ignorar, o cuando menos incomprender a quien nació con el estigma de perdonar a todo y a todos en tanto no se llamen límite. Desde las rodillas ilesas no pueden dialogar con el tobillo quebrado que alcanzó a conocer cómo es el aroma de la vida diez metros antes de llegar a la cumbre que no será la última.

No se trata de ir tapando huecos, de hallar reemplazos epidérmicos a la ausencia de ciertas hormonas, no. Sino de dar de comer a la exigencia certera  -que se pule, se talla y se erige desde la más alta de las desintegraciones - cuando estalla de sí en una mirada que desde arriba desbarata el abajo y el medio y lo que sea que no sea su propia altura carente de todo tipo de vanidad u orgullo. No se trata de una desesperación a tratar con pastillas, sino de un filo y un golpe preñados con la violencia de lo justo.

Pero yo, tan sabedor de vocablos antiguos como nuevos, tan inventor de las mejores maquinarias de asedio de acuerdo al terreno, todavía sigo sin renunciar a matarme de silencios mientras digo lo que ni ella ni tú alcanzan a aceptar, más allá de que siempre entendieron esa parte en que la nota vibra desde mi estuche y el escándalo de una armonía complicada les llena los oídos de lo que pudiendo crecer dejan que se aquiete, arremolinado en su propia espiral de carencia y abundancia. Como si el que sabe golpear ignorase de qué va el golpearse cuando nadie le alcanza.

A lo mejor conmigo es diferente porque lo poco que necesito lo necesito mucho, y ese poco es algo que va más allá de lo que la vida puede darme. Como ves, todo es queja cuando no lamento, una exposición simple de roturas y callosidades en los huesos que no iría más allá de una hoja violentada por la ausencia de un receptor, de no ser por el emisor, que te dice por decirle, que le dice por decirte, cómo se domina desde atrás de los ojos aquello que arde lo suficiente como para levantar bloques de hielo en el futuro.