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viernes, 21 de febrero de 2014

Es seguir esperando

El amor me llevó a intentar entender tu oído; y como que sí y como que no. Un sí porque me fue sencillo, y un no porque lo que tenía que decir para que escuches lo que para ti era bello tenía que mentirme un poco, sólo un poco.

Algunos dicen que mentir cuesta, o que implica memoria, y como al esfuerzo nunca le tuve miedo y como mi memoria es fantástica, ya ves, me esforcé en mentirme denodadamente.

No te mentí nunca, a mí me mentía. Y tú parecías contenta con el contento de tus oídos. Y yo parecía y estaba contento al ver a tus oídos contentos, y a ti tranquila, detrás de ellos.

Pero me di cuenta de que yo también quería escuchar, que mis oídos también querían oír aquello para lo cual habían sido creados.

No diste ni la nota, ni el timbre.

Me llegan tus palabras, pero no me llega nada a qué asirme. Contigo enfrente me sello el vocablo naufragio por no decirlo sintiéndolo.

Y duele, tanto, escuchar el murmullo de los demás y al tiempo escuchar el tuyo, semejante, tan semejante, que entre el asco y la lástima creo que ni el sexo podría arreglarlo.

El amor junta, y el deseo excluye, se me ocurre, y del deseo venciendo al amor dicen que va mi vida.

Es seguir esperando, mientras se habla, que la voz ajena, íntima y definitiva aparezca, para posarse aquí, en el medio de lo que ya no digo.