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martes, 4 de febrero de 2014

Asonada



Nos tenían en pabellones comunes, en cada uno de los cuales cabían entre 30 y 35 prisioneros, custodiados desde dentro por un celador. De esto pudiera desprenderse que no éramos peligrosos o violentos, pero lo cierto es que el poder de cada uno de esos celadores superaba en gran medida nuestra capacidad individual de ataque. Es más, si los más osados de algún pabellón se uniesen para hacer frente a su celador, lo más seguro es que terminarían no sólo perdidosos en tal empresa, sino que además serían sometidos a un castigo extra, un castigo del que nadie quería ni hablar.

Es también necesario acotar, dado que hay gente que ni se lo imagina, que si el celador forma parte del grupo, termina generando una especie de conexión con los reos. Con el tiempo los prisioneros hacen familia entre ellos, y grupo con el celador. Por supuesto, en lo que toca a la familia, nunca falta el que va de líder, que es quien debe hacer de puente entre el celador y sus demás hermanos, calmando las posibles revueltas coercitiva o coactivamente, como negociando premios a cambio de colaborar con un ambiente disciplinado. En mi pabellón me gané el hacer de líder.

En el patio, al que salíamos una vez al día, y por media hora, los líderes marcábamos el territorio en donde nuestros hermanos se distenderían. Los territorios iban de pésimo al mejor, y dependía de la habilidad de cada líder ubicarse en uno u otro. A líder de líderes se llegaba por la vía violenta o por audacia. La vía violente implicaba una lucha mano a mano, en los baños. La vía de la audacia implicaba dar un golpe al sistema que le otorgue una cuota de triunfo a los internos por encima de sus custodios. Aunque poca, era la gloria.

Cuando visualicé en dónde se ubicaba el dispositivo lo decidí. Implicaba un alto riesgo físico, claro, no podía ser tan sencillo, pero evaluando, a lo sumo me rompería un par de costillas, poca cosa. La logística sería lo fundamental, dado que no podía contar con nadie. Este tipo de cosas se hacen a solas y, aparte, nunca me gustó eso del trabajo en equipo. Así que lo fui tejiendo despacito y una vez que tuve listo el plan todo se trató de aguardar el momento preciso. A veces parecía ese era el día, a veces parecía que no, duda versus convicción.

Hasta que ocurrió. Dos minutos antes que yo, la profe Edith dejó la secretaría y fue al sanitario, como era su costumbre a esa hora. Me metí a su oficina y deslicé la silla giratoria hasta la pared. Me trepé a la silla y pulsé el timbre del recreo por diez segundos interminables, media hora antes de lo habitual. Volví el sillón a su lugar y salí disparado hasta el sanitario de niños. Hasta hoy imagino a la pobre profe Edith escuchando el timbre, limpiándose y subiéndose las bragas a los apuros. Cuando salí al patio me encontré con la gloria.

p.d. o epílogo

El mejor lugar era al lado de la cantina, el cual le fue cedido a mi pabellón. Era un código tácito entre líderes, por supuesto. Yo no podía atribuirme el acto, pero sí podía ser reconocido como autor del mismo por los demás líderes. La capacidad de los subalternos suele ser pobre, y algunas veces también su fidelidad, de ahí que no convenía hablar del tema en la familia. Me faltaban dos años y medio para pagar mi condena, y lo grande es que desplacé a los que me ganaban por igual período en experiencia. Hoy, nos seguimos riendo, desde lejos.