Printfriendly

viernes, 10 de enero de 2014

Música y literatura


Desde el lado del compositor, y como la partitura está terminada, sólo queda esperar al intérprete. La espera suele ser larga porque sólo un muy escaso porcentaje de cualquier población llega a ser intérprete, y esto sucede por esa preciosa dualidad que suele caracterizar a los humanos. Por un lado, ni bien uno comienza a estudiar un instrumento entiende que será difícil, y entonces lo deja. Por otro, ni bien uno avanza en el estudio comprende que jamás llegará a tocar como pretende, y es ahí cuando aprende a vivir intentándolo. En la música no suele tener cabida andar al medio.

Volvamos a la flauta dulce;  una vez que sabemos pulsar las notas, lo demás es cazar el ritmo, o sea, seguir la partitura. Si de ahí pasamos a la guitarra clásica la cosa varía un poco, porque las manos operan de forma diferente y conjunta, la una puntea de adentro hacia afuera -o rasga- mientras que la otra presiona de afuera hacia adentro. Además, el campo visual no da para atender simultáneamente lo que ambas manos hacen, así que al intentar superar una frase difícil uno o se concentra en la mano derecha, o bien se concentra en la mano izquierda.

Similarmente y acabada la cena, al pasar al piano la cosa se amplía porque ya se manejan dos claves, dos entonaciones para una misma afinación. Es como manejar en una misma garganta una voz ronca y otra aguda, que digan vocales y consonantes diferentes y al mismo tiempo logrando expresar una palabra tras otra. Aquí se entiende que si la ejecución no es correcta en lugar de escuchar palabras lo que vamos a escuchar es algo ininteligible, por lo que volvemos a recordar que al pentagrama se lo sigue o no, se logra o no se consigue, suena bien o disgusta.

Los humanos nacen llorando, pero en cambio aprenden a reír. Uno llora -metafóricamente- cuando la frase no sale, pero también ríe -literalmente- cuando consigue hacerse uno con la partitura. Mucho tiene que ver con la risa y con el llanto el instructor, o maestro, que le dicen, el cual también llora como ríe en tanto que el alumno consiga o desista de lograr la pieza. No resulta extraño, entonces, que aún siendo minorías, sean aún menos los maestros que los alumnos. Esto se da porque en la música, a nivel inicial, no existe la posibilidad de un "yo lo veo así".

En literatura, en cambio, ya todos juegan a compositores, de entrada. Pero al igual que con la música, siguen siendo una minoría los que logran expresarse a cabalidad, y siguen siendo menos los que enseñan a hacerlo. Cualquiera disfruta de un buen tema musical, pero no cualquiera lo ejecuta, no cualquiera entrena a ejecutarlo, y no cualquiera lo compone. Hay un oleaje de Bachata, de Hip Hop, de Rap y de Heavy, y de cualquier estilo. Pero lo cierto es que La Pasión según San Mateo sigue grabándose, y uno sabe qué cosas no habrán de leerse dentro de 500 años.