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viernes, 31 de enero de 2014

Concha

Sentí que el corazón comenzó a latirme más fuerte, aunque no más rápido. En seguida, el mareo ganándome la cabeza y la angustia dominándome el vientre, subiendo como sierpe hasta ganar el pecho y cobrar la dimensión de la pata de un elefante. Apenas pude avanzar unos pasos, tres, quizás cuatro, cuando me desplomé de rodillas alargando los brazos en un último movimiento para no irme de cara contra el suelo. Entonces Matilde a los gritos llamando a Sandra, que deja la cocina y se aviene corriendo para trasladar mi cuerpo hasta el auto.

Arcadas, un espasmo, vomito. Manché los pies de Sandra que dice “señor, tranquilo señor, tranquilo señor”, y me acaricia la cabeza, me sujeta los hombros, mientras Matilde al volante le dice “atajale fuerte y tenele boca abajo para que no se ahogue”. A mí me da vergüenza, y también me divierte vomitarle los pies a la Sandra. Pero también siento pena al ver sus uñas mal cortadas, y cuando ahí trato de frenar el sentimiento, entiendo que no puedo. Otro espasmo, vomito de nuevo y la pena crece. Lagrimeo por vomitar, y lagrimeo de lástima. Una lástima asquerosa, inmunda; no, al revés, munda, de este mundo.

El auto se detiene, junto con mi vomitadera, ya no me queda ni bilis. Nubladamente distingo el uniforme de Sandra, todo mojado a la altura del vientre, ¿qué será que piensa de mí? No importa eso; escucho que se abre la puerta del auto, voces de hombres, me sacan. Adiós regazo.

Fue ahora, don Bartolomé, hace unos diez minutos. Escucho que dice Matilde, cuando siento que me posicionan boca abajo sobre una camilla, brazos extendidos en cruz y piernas separadas, para luego recibir en el cuello, las muñecas y los tobillos el ajuste brutal de las correas. ¿Y qué estuvo tomando? Pregunta don Bartolomé, y la hija de puta le dice que no sabe qué mierda habré estado tomando. Le dice entonces que se tranquilice, que por todos los santos le jura que esta vez será la definitiva. No quiero abrir los ojos, todo en mí no quiere hacerlo, pero lo hago. Y veo a Sandra contra la pared con un rosario en las manos, llorando. La lástima me hace temblar.

Escucho la murmuración de instrucciones, y percibo ciertos finísimos roces. Manos que me recorren en el proceso de rasgar mis ropas. En una nada de tiempo estoy completamente desnudo, con sólo las correas como vestiduras intento exhalar un suspiro. Busco una imagen, un grupo de metal, un filósofo, un novelista, una poeta. Nada, ninguna soga, ningún cable. Entonces el miedo. Toda la impotencia.

Don Bartolomé comienza a la altura del riñón derecho, primero las yemas de sus dedos que buscan, luego las palmas que certifican, hasta que sus cuatro dedos se convierten en un puñal que atraviesa mi piel y penetra en mí, para ya dentro convertirse en garra destrozadora. Un grito que no sabía capaz de dar me arrasa la garganta. Don Bartolomé hurga dentro de mí, lloro, él sigue. Entonces da con la primera, la sujeta, la arranca, y la arroja a una palangana que está a los pies de Sandra, que sigue rezando.

Después de arrojar quince conchas a la palangana retira la mano garra, y la lleva hasta la altura del riñón izquierdo para recomenzar. Yo sigo gritando, llorando, rogándome a mí mismo morir. Cuente Matilde, dice, cuente en voz alta. Y la hija de puta cuenta, diez y seis, diez y siete, diez y ocho… cincuenta y seis.

Una parte de mí ha perdido conciencia, pero el dolor persiste como en nebulosa. Un estado animal de sensibilidad en el que todo es blanco o negro y no estás en ninguno de los dos, sino en la tensión del impasse. El enviado del infierno ahora va a por el medio de mi espalda.

Cuente, Matilde, vamos a curarlo a este muchachón, dice don Bartolomé. Y la mano garra vuelve a violarme los adentros, sacando conchas y arrojándolas a la palangana, ya repleta de una fetidez que parece fortalecer los putos rezos de Sandra  que ha comenzado a llorar entre avemaría y avemaría. Ochenta y tres, ochenta y cuatro, ochenta y cinco.

Bendito Dios, dice don Bartolomé, que no le hace asco a la faena y busca remarcar su fama, cuando comienza con las yemas de sus dedos a examinar mi espalda a quince centímetros de mi nuca. Me parece que aquí está la principal, escucho que dice más para sí que para Matilde. Y entonces entra, el muy hijo de mil putas. Yo no puedo creer que se pueda sentir un dolor así, ni llorar ni gritar se puede, ni morir, ni desmayarse. Dentro mío algo que se aferra, y algo externo, dos garras esta vez, un “carajo que es enorme”, y un sonido a rotura, a desprendimiento de roble que se parte en dos. Después un plaf horrible y la concha gigante a la palangana, salpicando la pared, las pantorrillas de Sandra, y la memoria de todos los presentes.

No lo deje solo, dice don Bartolomé. Ya ve que es peligroso para su salud.