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sábado, 4 de enero de 2014

Aproximación tardía a él - Nudo



Nudo

La chichería era de muy mala muerte, gente pobre en apariencia, y en gustos, claro está, pero cargada de monedas. Un local lleno de luces desordenadas que parecían buscar generar un caos antes que una mínima decencia al momento de iluminar. De pronto un foco azul, y a los dos metros un foco rojo, y luego otro verde, y otro más allá pero amarillo. Mesas redondas, con lo incómodas que son, y con lo feo de los manteles agujereados, blancos de blancura escondiendo la suciedad de grasa y cenizas de cigarrillos y trago derramado por virtud de todos los focos mintiendo estúpidamente una suma de luces enalteciendo la superioridad del cálculo diferencial por sobre el cálculo integral.

Seis metros al frente de la puerta de entrada, sentado y dando la espalda a la pared, Chichimali bebía su chicha. Dos negritas lo flanqueaban y, enfrente, acompañándolo duro y parejo en el arte de beber porquerías -que alguna vez fueron néctar de sacerdotes- uno de sus fanáticos, uno de esos paralíticos almáticos que por gracia y altísima sabiduría bondadosa -of course- del mago/brujo, de paralítico pasó a cojo, luego de una serie de ceremonias con las que Chichimali logró eliminar el trabajo que otro mago/brujo hiciera sobre la existencia del ahora juramentado devoto del gran Chichimali, humilde hacedor de milagros.

A la derecha de la mesa de Chichimali, también con la pared detrás, él luce el brillo innegable de unas pulseras de oro de grueso calibre triunfando sobre la sorda lucha de los focos coloridos. Por dentro de la v que delinea su camisa blanca desabotonada, un juego de tres collares también de oro, cada uno con un crucifijo, parecen señalar su fe, como también el desprecio hacia la cruz, a la que se llega por fe y no por dinero, claro está. Él bebe cerveza, aunque no le gusta bebe cerveza, porque eso es lo que tiene que hacer. Y aunque le molestan las seis botellas sobre su mesa, aunque la mesera intentó llevar la primera una vez acabada, están ahí, porque él quiere que se sepa cuánto sabe beber a solas, y se lo dijo con un "no quiero que me engañen en la cuenta aunque esté borracho". Cada botella es de litro.

Le sirvieron la segunda botella de cerveza cuando Chichimali llegó, la tercera cuando llegaron sus negritas, y la cuarta cuando llegó el devoto fiel. En la quinta botella él notó que a Chichimali se le encendía el indio, que comenzó a manosear a las negritas pese a la presencia del devoto, para quien todo lo que hacía el mago/brujo era sacro como el orín de un papa. Ahora que él andaba en la sexta botella, las negritas reían felices con los pezones al aire, y Chichimali los lamía o los chupaba, alternadamente, felizmente borracho. Él cabeceaba al ritmo de la música, como mucho más borracho, eternamente más borracho que Chichimali, pues hasta los párpados se le caían haciendo brotar la risa lastimera y al tiempo altanera de las negritas, y el comentario del devoto que se permitió un "está quemado el amigo, don Chichi", a lo que Chichimali respondió "dejalo, es un pendejo".

Como un cisne estúpido y con la idiota precisión de la manecilla de un reloj ingresó al local el Sebas. Puso su mano izquierda sobre el hombro del devoto, y cuando este se volvió con la boca abierta y sonriendo, atravesó en ella el largo puñal. Narcisa, a la izquierda de Chichimali, no pudo ni gritar antes que el mismo puñal le corte de un tajo la garganta. Carmen era todo gritos cuando se levantó de su silla pensando confusamente en refugiarse detrás del borracho enjoyado, pero al cruzar al lado del Sebas este le enterró el puñal también en la garganta."Ahora te toca a vos, maricón", dijo el Sebas, mientras que a él le costaba fingir lo que disfrutaba de ver al mago/brujo estar en la situación en la que se encontraba.

Sólo él, enjoyado y pletórico de cerveza, escuchó el estruendo torpe de la mesa que separaba al Sebas del brujo/mago, porque los demás, a excepción de los tres cuerpos encharcados en su propia sangre, habían salido disparados de la chichería, algunos buscando tan solamente escapar, otros pocos buscando también ayuda. Sólo él pudo ver el pánico sereno en total posesión del brujo/mago, y el gesto de su boca dibujando en ese pedacito asfixiante de noche un "no, no, por favor, no, no, por favor", al tiempo que el Sebas demoraba como un cocodrilo en la orilla de un río el momento preciso de hincar su colmillo de acero.

El disparo no lo vio nadie, y menos él, que fue quien disparó. El Sebas cayó desplomado, con lo que le quedó de cara a los pies de Chichimali, irónicamente, hay que decirlo, sobre los orines del disfrutador de negritas. Él cruzó los charcos granates -disfrazados de colores indecibles a causa de los focos- y pasó por encima de los cuerpos hasta darle su mano izquierda a Chichimali diciéndole "mejor nos vamos, antes que lleguen los pacos". Chichimali, sobrio de toda sobriedad, se dejó llevar, como un nene al que llevan a la dirección de la escuela y que se deja hacer porque no tiene ni a la madre ni al padre al lado. Ya en la calle, él guardó el arma y -feliz coincidencia- justo en el momento en el que pasaba un taxi, el cual abordaron. "Hay cada loco", dijo él, luego de beber un trago de whisky que llevaba en una petaca, petaca que Chichimali aceptó semiinconsciente cuando él se la ofreció, casi sonriente.