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sábado, 29 de abril de 2017

42. El piano - 1


Cuando decidí dejar lo del violín resultó en un alivio tanto para el viejo como para mí. Sin embargo, el bichito ya había prendido y yo sentía que me faltaba algo. Así que hablando con el viejo me dijo que podía probar con el piano, y como le dije que dale, que vamos, se movió para conseguirme una profe. Una vieja de doscientos años que tenía cierta fama como pianista, al igual que su hermana, también bicentenaria, pero esta descollaba por la parte de la pintura. El viejo me dijo “va a enseñarte gratis, por amistad, así que no me fallés”.

La primera vez me llevó el viejo, fuimos caminando hasta la casa de la profe, que estaba a una veintena de cuadras, y en cuyo recorrido estaba la avenida quinta. Todas las veces siguientes fui y volví solo. Las clases eran dos veces por semana, y a la hora de la siesta, que es cuando el calorcito no tiene problemas en apretar más. Similar situación traslacional se dio con lo de practicar, puesto que como no teníamos piano, para hacerlo tenía que ir hasta la casa del tío Zardas, que vivía a unas quince cuadras, pero tirando más para el centro.

Me gustaba el tema de la independencia para ir y venir por distancias tan largas sin que nadie me esté haciendo cruzar las esquinas, y con toda esa libertad para pararme a mirar lo que me diese la gana. Aunque también es cierto que me hubiese gustado tener compañía, que es muy diferente caminar con alguien que caminar en solitario. Me parecía que sería más divertido todo aquello si tuviese algún compañero, o si por lo menos Sarah iba y venía conmigo. Pero no había tal compañero, y a Sarah no le interesaba el piano, y menos la onda de caminar.

Practicar era cosa de todos los días, con o sin sol, tenga o no tenga clases en lo de la profe. En la casa de tío Zardas el piano estaba en una sala enorme, y ahí yo le daba a las lecciones con un nivel de ganas a veces muy alto, otras mediocremente, pero le daba siempre, sobre todo porque rondaba por ahí la esposa del tío que, aunque no se metía ni decía nada, yo sentía como que controlaba, y sabía que de algún modo algún comentario le iba a llegar al viejo, así que mejor mantener al piano sonando.

Después de practicar una hora, la tía me preparaba la merienda, que era cocido con leche y una o dos rodajas de pan. Lo disfrutaba como novedad, porque en casa siempre era café con leche, y lo del cocido me entraba por el lado de la variación, y aparte que era bastante rico. Acabada la merienda, tomaba mis libros y me iba para casa, en donde podía de nuevo volver a conectar con el mundo de las esferas, si es que no tocaba clases con la profesora particular de turno. De aquello, lo mejor fue que las partituras perdieron su hermetismo.

sábado, 22 de abril de 2017

41. El violín

"Ese coso era el mismo infierno, te juro."
No quería parecerme al viejo, o hacer lo que él hacía, jamás, en ninguna parte de mi infancia me ocurrió eso. Así que cuando le dije que me enseñe a tocar el violín fue porque quería aprender a tocarlo, es decir, a sacar las músicas que sí, que el viejo era capaz de sacar. Yo estaba envalentonado por lo de la flauta y, secretamente, tímidamente, me guardaba las palabras de la profe de música,  me creía alguien con talento. Sabía que le iba a tener que dedicar tiempo, y que con el viejo no se jodía, pero era parte del territorio.

Con “Solfeo de los solfeos” me abollé de frente. Bueno, también a mí se me ocurre que el viejo me iba a dejar tocar el violín a la primera. Todo lo que Sarah me evitó se presentó de golpe, todo. Me tuve que aprender lo teórico de melodía, armonía, ritmo, y toda la grafía del pentagrama de memoria y razonadamente. Luego, solfear. Dios, el día que se repartió paciencia el viejo llegó a la tardecita y le tocó una ampolla, lo que quedó. Parte baja: “así solfean los maricones”, “no, así no, de nuevo”. Pero no me iba a hacer llorar.

Era intimidante, mucho. Agobiante, por demás. Pero yo ya le conocía el carácter, y sabía que no tenía nada contra mí, simplemente era así, más o menos como me había enseñado él mismo cuando me entrenó a asumir las lastimaduras de las esferas; la quieres, la pagas. O sea, quiero dejarte en claro que si seguí no fue por vencerle, o por demostrarle nada al viejo, nada que ver, ni por al lado, yo tenía mi objetivo y a eso iba, simple. Así que cuando por fin me dejó AGARRAR el arco y el violín fue un inigualable “te lo ganaste”.

La sensación de triunfo se acabó a los dos segundos, esa mierda no sonaba. Tan emputante fue la sensación, tan de frustración habrá sido mi cara, que por un minuto el viejo fue amable. Me importó un carajo. Ese coso era el mismo infierno, te juro. Pero no me iba a dejar ganar, que no. Le metí, me aguanté la rabia. El viejo cerró la puerta y me dejó haciendo arco. Yo me decía “sólo son cuatro tiempos, un arco, vamos, de nuevo”. Afuera había ruido, la gente hacía sus cosas, Sarah jugaba. Yo intentaba hacer una redonda y no salía.

Teníamos un reloj despertador, color celeste, con dos campanillas en la parte superior. El viejo lo colocaba sobre un mueble y me dejaba practicando con la frase terrible “una hora”. Todos los días durante una hora yo luchaba contra aquel reloj, intentando colocar el dedo donde debía ser y resultaba que no, tratando de relajar donde había que empujar, empujando donde había que relajar. En ese entonces jamás se lo conté a nadie. Supongo que de algún modo sabía que los resultados contaban más que los intentos, y yo me estaba yendo en puros intentos, que entonces no servían para nada.

sábado, 15 de abril de 2017

40. El fusca


Le había dicho al viejo que para poder tener un auto lo que podíamos hacer era organizar una rifa. El tipo le bajó una de esas carcajadas suyas y no me dio más pelota. No entendí qué le había causado tanta gracia, aunque tampoco entendía bien cuál era mi idea, pero en ese momento yo creí haber encontrado una solución y no haber inventado un chiste. No sé para qué, pero yo quería que tengamos auto, esto es muy exacto, yo ni me imaginaba para qué subirme a un auto, aunque tenía mis coche con los que jugaba muy a menudo.

Sin embargo, pasado un tiempo, el viejo apareció con un auto. Estábamos jugando en el zaguán, con Sarah y Maggy, cuando de repente sonaron unos bocinazos y fue la Maggy la que levantó la vista y dijo “es papá”. Salimos atropellando y ahí, en la calle, estacionado frente a casa y con el motor en marcha estaba el viejo, sonriendo. Era un fusca, de color amarillo patito, al que nos montamos como monos desenfrenados. Dimos la vuelta inaugural, y ya antes de partir fue la primera pelea con Sarah por quién se sentaba de qué lado en el asiento de atrás.

El viejo era expeditivo para ese tipo de conflictos, y así como la vez de “el caballito me mira a mí”, sentenció que yo iría detrás de él y Sarah detrás de Maggy, punto. Yo creo que salí ganando, una de las pocas veces, porque quería ir detrás del conductor, cosa a la que yo le atribuí mucha importancia, porque de movida pensé que ir detrás del acompañante era como de menos jerarquía. Aunque salió perdidosa, la Sarah no hizo escena alguna, ni mu, pero después me hizo pagar, y creo que por ahí comencé a entender el poder del alacrán.

Con la llegada del fusca las cosas cambiaron para mejor, definitivamente. Ahora que teníamos auto salíamos más, mucho, muchísimo más. El viejo nos llevaba a Sarah y a mí a los ensayos de la sinfónica, y Magy al canal 9, de manera que lo que antes era ocasional, ahora era casi rutinario y, como los espacios laborales tanto del viejo como de la Maggy eran extensos y variados, para nosotros significó la oportunidad de explorar casi todos los días territorios enormes y sin vigilancia. Le quise al fusca porque era un símbolo de salir de los límites del patio al afuera.

La parte en donde perdí y Sarah ganó por tres cuerpos fue en lo de irnos a la escuela en el auto. Y sí, porque ella prefería el auto a caminar, en tanto que yo disfrutaba de las caminatas. Pese a aquel terrible primer día de clases, aprendí a disfrutarle al camino tanto de ida como de vuelta, y el ir en auto me privaba de recoger cosas del suelo, de acariciar perros, como de ver desde cuadras de distancia el movimiento en la entrada de la escuela, que tenía su gracia. Donde sí ganamos los dos fue con el "gallinero".

viernes, 14 de abril de 2017

Gusto desarrollado y exclusión natural


Desarrollar un gusto implica volvernos protagonistas de una pasión, esto es, superar en mucho el papel de espectador -por más intenso, emotivo y trascendente que este pareciera en un principio-. Marcaba un filósofo, que a la hora del conocimiento por vía experimental caminar 20 minutos por París vale más que todo un conjunto de fotografías de esa ciudad. Pues fíjate qué grande es la diferencia entre deleitarse escuchando el Ave María de Schubert y hacer un ejercicio de escalas con un instrumento, cuánta distancia hay entre mirar un partido del Barça y practicar en un equipo que compite en un torneo.

Aquello que te apasiona, lo sabes ya, tiene sus reglas, pero, una cosa es conocerlas desde afuera, y otra cosa es experimentarlas. Por ejemplo, tienes ese poompse que debe llevar un crono de 1:05, pero tú siempre lo terminas por arriba de 1:10. Construiste un verso que está precioso, pero que, en lugar de 11 sílabas, como marca la regla, tiene 12. Están esos dos compases incluyendo semicorcheas con si la y do, para trompeta, que así tal cual, decididamente quieren convencerte de que no se pueden tocar. Te pregunto, ¿con quién hablarías de estas cosas? Ajá, con alguien que entienda.

Es evidente que mientras más te involucras con el desarrollo de un gusto, más conocimiento adquieres. Cuando este conocimiento lo internalizas poniendo en práctica las diferentes directrices, reglas y consejos teóricos, no solamente avanzas, sino que acentúas la diferencia que hay entre tú y un aficionado común. Claro, es que llega un punto en el que puedes determinar el grado de dificultad de ciertas composiciones, el nivel de ejecución de ciertas rutinas, en fin, que puedes opinar con autoridad respecto de aquello que conoces desde lo teórico y lo práctico. Pero, esta situación, como no es lo habitual, suele implicar rechazo.

Verás, en lo normal, cualquiera -sin haber jugado nunca un torneo de liga- sale y dice que Messi es mejor que Ronaldo, o viceversa; no falta quien -sin haber escrito un solo cuento en su vida- afirme que el último premio nobel de literatura es un fiasco; ni tampoco faltará el que -sin haber compuesto al menos una sinfonía- defienda que Schubert supera a Beethoven. La gente ordinaria está habituada a hablar, opinar, e incluso juzgar, sin conocimiento, esperando, para más colmo, que se la tome en serio. Es esta gente la que rechaza a un experto, si este le contradice.

Hasta aquí, resulta sencillo de comprender que los ya iniciados en tal o cual materia habrán de sentirse más cómodos hablando con sus colegas, y que los no iniciados en esa tal o cual materia, se sentirán más cómodos hablando -sin saber- de esa materia entre otros que tampoco saben de ella, es decir, opera una exclusión natural entre los que saben y los que no saben; al menos, a la hora de opinar. En este panorama, no suele faltar el resentido que con un “no te creas mejor porque sabes más” intenta ocultar la cuestión de fondo: la de gustos.

Entradas relacionadas:
Gusto desarrollado y humildad
Tiempo y gusto desarrollado - Parte 1
Tiempo y gusto desarrollado - Parte 2



lunes, 10 de abril de 2017

Aunque sea en silencio, en inquietud de hombre


Cuando por fin aceptes que en vencer no hay victoria
si el premio sólo sabe a amarga decepción,
¿repasarás mis pasos, la inhóspita canción
que sembró tu distancia por sobre nuestra historia?
Qué difícil, pesada, puede ser la memoria
si recuerda, y no tiene y no encuentra otra culpa
que la propia, sin nadie que la entienda o esculpa
-como lo hacía yo si decías mi nombre-,
aunque sea en silencio, en inquietud de hombre.
Cuán tarde a veces llega ese sabor a pulpa.

sábado, 8 de abril de 2017

39. La fama del viejo


En ese entonces había algunos restaurantes que entraban en la categoría de “caros” y que contaban con el famoso “cena show”. A mí, como restaurantes, no me llamaban la atención para nada, y si deduje que eran caros fue simplemente porque la gente llegaba ahí en auto, y nosotros no teníamos auto. Todos tenían escenario, algunos incluso una parte alfombrada donde se bailaba, y lo que sí me llamaba la atención era la cantidad de mozos que andaban correteando, ah, y los presentadores que siempre, siempre, eran muy formidables y divertidos. Era normal que me bromeen y me regalen alguna golosina.

Estaba el “Yguazú”, que era como que oscuro, jugando a íntimo, y todo iba de copas. El “Hermitage”, que te recibía con una escalinata, y que tenía dos ambientes, uno al aire libre y otro cerrado, y era bien alegre. “El bosque”, que quedaba lejísimos, y que era el más festivo de todos, porque la honda era más de parrilla. También el “Restaurant 11”, que era el menos estirado de todos, y el que más me golpeaba, porque en el estacionamiento estaban los veteranos de la guerra cuidando los coches. También el “Yasy”, y el “Jacarandá”, donde cobraban hasta el agua.

El show consistía, básicamente, por un lado en danzas folclóricas y canciones típicas, sobre todo guaranias y de repente alguna polca, y por otro, en algo de pop y rock (sí, fijate vos) de nacionales, mayormente todo propio y cantado en español, claro. Por entre ambos estilos, se metía una cosa medio rara, un trío compuesto por dos violines y un teclado, con temas variados, semi clásicos y clásicos adaptados. Una chica, rubia, con uno de los violines, y un chico con otro de los violines, y el que ya tiraba a señor en los teclados. El chico era mi viejo.

“Los violines gitanos” se llamaba el trío, y era famoso. Entraban vestidos de gitanos, o nosotros creíamos que así se vestían los gitanos, claro, y el público de movida ya entraba en combustión. Qué te puedo decir, con la tarantela ya estaban cruzados. Tema tras tema la gente seguía el ritmo con pies y manos. A un lado del escenario, “tras bambalinas”, yo lo seguía todo, sus caras de emoción, de entusiasmo. Casi era contagiante, casi, porque el repertorio yo lo sabía de memoria, incluso si había un tema nuevo, porque también había estado en los ensayos -aunque eran muy pocos-.

Así que igual que con la Maggy, “¿tu viejo no es el de los violines gitanos?”. Y yo, “sí”, emputado al mango. Pero, había algo diferente, un detalle chiquito, si querés, los que me preguntaban por el viejo eran “los grandes”, en tanto que los que me preguntaban por Maggy eran mis contemporáneos. A mí me emputaba igual, cierto, pero había esa diferencia. Aparte, y atendeme bien, jamás le vi al viejo tocar contento, nunca. En cambio a Maggy solo la vi alegre en sus programas. Había algo que me llegaba desde esas posturas y que me volcaba hacia el viejo.

sábado, 1 de abril de 2017

Tres meses

Hermoso y frágil te haré
amor de mi vida,
tan apto para los sentimientos
que habrás de sentirlo todo,
como roca escupida por un volcán
que gira sobre sí hasta el fondo del agua
cargando a su paso las huellas del instante.


Y pensarás, amor, y dudarás
hasta llegar a ser fuerte
y perder para saber ganar,
hasta odiar sentir
y juzgarte interminablemente,
tan solo
para que aprendas a desaprender.

217 Consecuencias de las tierras altas

Silvio Manuel Rodríguez Carrillo, la espontaneidad del caos o lo “escandalosamente fractal”.

Cita comprensiva:

Poema 166

Ese tener que

Yo suelo llegar tarde al amor
a la mesa bien puesta y al beso de los buenos días,
me atraso en pensar en el otro,
que, si no lo conociese
¿acaso le dolería lo que digo?

Me encierro en mi cubo, según dicen,
manipulo y me divierto, según afirman,
pero nadie entra aquí
en la verdadera cámara de la verdad,
donde los resortes saltan por joder
y te aparece un anciano senil
junto al borracho más genial de todos los tiempos.


Rodríguez Carrillo es “el poeta en su laberinto” y su laberinto nos muestra en este libro de 217 conjeturas, toda la certeza y toda la incertidumbre de sus paredes.

Silvio no es un poeta monótono sino un saltimbanqui de la emocionalidad que nos arrastra en sus propias piruetas y nos arroja a sus propios vacíos, para atajarnos con su extraña red de certezas y dudas, como si lo divirtiera jugar consigo mismo y hacer al ocasional lector, partícipe de ese juego.

Pero no lo previene. No ayuda a quién lo lee a comprender sus letras, sino que propone y propone, con una especie de tiranía emocional que juega en todos los puestos y en todos los roles una intensidad poco habitual, extremista, desordenada, que navega libre por todas las aguas como si siempre estuviera al garete entre Escila y Caribdis, a punto de ser devorado o a punto de devorarse él a las sirenas.

Este largo poemario es, según mi lectura, un diario íntimo escrito desde una multiplicidad de equivalencias. Es un estudio íntimo de las fuentes del ser y refleja cómo un ser reacciona e interacciona con todo lo que lo rodea. Es un mapa de la ductilidad expositiva del autor. Ductilidad expositiva que se transforma en impositiva, reclamante, tiránica, sobre un lector desprevenido que se zambulle en un mar que lo devora.

Rodríguez Carrillo pasa del desorden a la perfección, desde el ensayo pontifical al llanto de quien se confiesa con el rostro cubierto por las manos, desde el insulto a la caricia, desde el amor al desprecio, en un extraordinario eslabonamiento emocional que se apoya en todos los sustratos. Pasa con una pirueta desde lo rígidamente formal a lo fanáticamente libertario y se explaya y se explica y se encierra y se acorrala, desde la lucidez al cripticismo, en una sucesión de imágenes que ya pueden estar diseñadas en un coloquial exasperante o abofetear los ojos del lector con una fuerza clásica insospechada.

El que piense que va a hallar en este autor paraguayo un poeta fácil, tendrá que comprarse una caja de ansiolíticos, porque su poemario es una selva subtropical, feroz, intensa, arrebatada, asfixiante y alucinógena. Este poemario es una selva exultante en su condición de prodigalidad.

Sorprende en el autor la diversidad de sus enfoques y su inagotable vastedad temática ya que existe en este poemario una emoción para cada palabra y una palabra para cada aventura, porque sumergirse en el mundo de Silvio es para verdaderos aventureros literarios, que no busquen una lectura acotada por lo convencional o por lo maratónicamente vanguardista que aspira a descollar a partir de cualquier hecho letrálico.

En Silvio se conjuga el amplio concepto filosófico con el empedrado de los barrios y subyace la lucha por la reconquista del germen divino que todo hombre posee o la aceptación del barro más pequeño. Por momentos un sabio que regresa desde el comienzo de todos los tiempos y por momentos, el mismo autor es un niño que todo lo pregunta porque se hace cargo de su inocente ignorancia.

Más allá de lo que opinen los cultores de la bella palabra, yo creo que si un autor no explora los límites de sus propios límites, nunca será un autor completo, porque el arte es la exploración hasta el desnudo de lo que más oculto, vibra y vibra.

Silvio Manuel Rodríguez Carrillo hace, en sus "217 consecuencias de las tierras altas", precisamente eso: hundirse en su sí mismo y volver hacia el lector las manos, trayendo ese hombre interior que testifica todas sus realidades, para que el resto, aquellos que leemos en su hondura, nos identifiquemos con la vida.

Gavrí Akhenazi

Días migratorios

¿Por qué no escribirle? Después de todo, me había dado su correo y ya antes, alguna vez, habíamos compartido algún que otro libro. Sí, pero ¿qué o cómo escribirle? Porque definitivamente el papel de playboy de barrio al que nadie comprende y demás yerbas nunca fue conmigo, y como que ya no estoy en edad para invadir ningún territorio que, una vez fundado, comience a reclamar más y mayor asistencia. ¿El 101 de Smarc o los 14 versos de Andrea? Mejor una combinación que partiendo de la no injerencia se sostenga en un asedio comedido en donde lo deseado implique mostrarse.

Creo que es el libro más sencillo que publico, porque el receptor es alguien que desconoce de técnica literaria, de manera que no tuve mayores exigencias a la hora escribir un poema o de utilizar el coloquial con las famosas claves íntimas cuando tocó ir de prosa.

Diario


"Escribir lo que uno se propone escribir es ya desnudar de posibilidades a la empresa desde su principio mismo. Al contrario de lo que pudiera hallarse en la historia, el acometer una guerra plástica llena de finalidades y cronogramas sólo tiene sentido en la medida de la sucesión de traiciones."

Con estas palabras, Silvio Manuel Rodríguez Carrillo comienza su libro. Analizándolas, un lector entusiasta se allega con rapidez a la intensidad temática que encontrará ya avanzado en la lectura.

El sino del autor está determinado por la llave que facilita a su lector para implicarse en la trama de sus búsquedas y anoticiarlo fehacientemente de su complejidad. O sea que el lector toca una llave que inmediatamente se le extravía sin entender ni el cómo ni el porqué; ni siquiera llega a comprender el momento en que el autor vuelve a tomar posesión de su libro y el lector queda afuera de él, sin ser contabilizado.

Así de angustiante y desafiante es tratar de penetrar los ocultos arcanos de esta obra.

Los libros que están hechos con símbolos, en un mundo en que los símbolos ya no representan un símbolo, excluyen a la mayoría de los hombres, porque para entender ciertos libros hay que conocer los semas de la vida o al menos, lo que se ha opinado desde el mithos y desde el logos, acerca de esos semas.

Dificultosamente se comprenda una arquitectura narrativa y poética que reúne la vastedad de los símbolos (místicos y míticos) e intenta ordenarlos en una confrontación de preguntas contra respuestas y de respuestas contra preguntas si no es poniendo la propia visión filosófica en juego, ya que Diario es un libro eminentemente confrontativo.

Si el lector logra abstraerse de la controversia constante, de la no existencia de un punto medio referencial que combate al mismo tiempo con la coexistencia de infinitos puntos excéntricos que sirven de referencia, podrá apreciar en Diario la multiplicidad de sus variables, la proyección poética que tiene toda necesidad de expresión explosiva, el raciocinio abstracto de los números, la sabiduría de lo empírico, la empatía y la antipatía que surgen del análisis de una imponderable variedad de circunstancias entre las que el libro flota y se remece como el Arca en el Diluvio.

Creo que es una obra para que sólo un lector preparado en la lid de la complejidad navegue a fuerza de sortear Escilas y Caribdis, porque, convengamos, pocos son los dispuestos a soportar esputos en el rostro y seguir adelante hasta el final para entender o para empatizar con lo agresivo de la verdad de otro.

Diario no es un libro convencional. Es un desafío. 

Gavrí Akhenazi